el misterio de la oficina caoba

El misterio de la oficina caoba

Capítulo 01

El cuerpo fundido

Alto ahí, deténgase! —gritó el más corpulento de los policías. Se gastaba al menos metro noventa, tez morena y su espalda recordaba la pirámide de Gizeh invertida—. No puede atravesar el precinto policial.

—Tranquilícese, agente —dijo el implicado mientras le enseñaba la placa que lo acreditaba también como agente de la ley. Del CSIC, o séase, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, para más señas. Le acompañaba un hombre espigado de cabello platino, enfundado en un Armani de color blanco, que sujetaba un maletín ancho y cromado.

—¿Es usted el capitán Joe Esparza del CSIC? —le preguntó el hombretón mientras miraba con mal ojo al otro, al tipejo del maletín raro.

—Efectivamente, veo que sabe leer —corroboró el del pelo pajizo y gafas de sol.

Quizás vosotros no lo sepáis, pero antaño el CSIC se dedicaba sólo a investigación científica, una especie de organismo regulador de todo lo que se suponía que era Ciencia en este país. En otras palabras, un organismo estatal al que no se le hacía ni puñetero caso; de hecho nadie sabía que existía, no como ahora que es mundialmente famoso (Bueno, lo dejamos en estatalmente famoso). Haciendo un poco de historia, fue un despiste burocrático lo que cambió esta precaria situación. La policía envió una serie de pruebas del caso clasificado como “La vaca bomba” al CSIC por error. El funcionario de turno, que volvía de su hora y media de almuerzo, pensando que las siglas tenían algo que ver con Crimen, eScena, Investigación y de nuevo Crimen, y que todas juntas se parecían misteriosamente al título de una famosa serie de televisión, cogió el informe íntegro y lo mandó para allí.
El antiguo CSIC recibió el paquete y cayó en manos de un becario al que debió de parecerle normal que la policía les consultara para estos menesteres y echó adelante las investigaciones él solito. Total, que el CSIC resolvió el caso haciendo uso de la ciencia, claro está, pues resultó que la vaca había explotado a causa de un tapón que le obturaba el recto, lo que hizo que acumulara demasiados gases en su interior. (Nota del Ingeniero Químico: Los gases de los rumiantes son metano puro, altamente inflamable como todos sabréis, y que es el mayor contaminante que tenemos en la atmósfera actualmente (ríete tú del cacareado CO2 que no es más que un gas inocuo)) (Sí, acabo de poner paréntesis dentro de paréntesis, mola, ¿eh? Sí, soy de ciencias. No va a ser la primera patada a la RAE).
El granjero no sospechó nada de esto, si acaso veía cada semana más hinchada a Lucrecia (la vaca en cuestión), por lo que no tomó precaución ninguna y siguió fumando caliqueños mientras la ordeñaba. El fatídico resultado ya lo sabemos todos: el granjero muerto y restos de mierda y vísceras de vaca en tres kilómetros a la redonda. El CSIC no sólo explicó por qué explotó Lucrecia, sino que encontró el tapón, lo identificó como un corcho de una botella de vino gigante, conmemorativa del cincuenta aniversario de cierta bodega de Fontanars dels Alforins, y halló en él la huella parcial del asesino, un ex recluso violador de niños que hacía sus servicios sociales de reinserción en aquella granja.
El ex recluso, una vez pillado confesó que “No me dejaban ver el fútbol”, un móvil claro para cometer un asesinato premeditado desde el momento en que adquirió la botella de vino de diez litros por internet y sólo se bebió siete. Tal fue el bombo que le dio la prensa a la eficiencia de "la nueva policía científica" que los noticiarios eclipsaron durante dos días la audiencia de los programas de cotilleo e hizo que el Ministerio de Ciencia y Tecnología reformara por completo al CSIC y lo convirtiera, según palabras textuales, en algo de provecho. Esto provocó dos hitos históricos. Uno: jamás un Gobierno había destinado tantos fondos a la Ciencia en este país. Y dos: en Google Maps estuvo al menos seis meses la zona cartografiada con los resultados del desastre. Hasta que su satélite no volvió a tomar fotos de la zona rural, se podía apreciar una enorme mancha negra donde en algún tiempo existió una granja, una vaca llamada Lucrecia y un ex recluso cabreado.

cap.01. El cuerpo fundido

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Por si acaso el inciso os ha sacado de la escena (cosa que les suele ocurrir a los lectores que se distraen con poca cosa), os recuerdo que el caballero del pelo pajizo, gafas de sol y cara de amargado, un tal capitán Joe Esparza, le había enseñado al poli grandullón la placa del CSIC.

—Encantado, señor —dijo el policía. En realidad no estaba encantado. Tenía cierta aversión por esa moda de ponerse uno el nombre que le diera la gana y, por extensión, aversión hacia todo aquel que usaba un nombre poco patrio. A él le gustaban los nombres de verdad, como Bartolo, Pepe, Manolo, Rigoberto o Braulio, por poner un ejemplo—. Yo soy el agente Braulio Igartiburu, a su servicio —se presentó—. ¿Y su amigo? —preguntó mosqueado por ese aura que desprendía aquél.

—Teniente Telgarien Ojo de Halcón, departamento de Rastros —se adelantó el de cabellos platinos y le estrechó la delgada y suave mano. El teniente arrugó un poco la nariz porque notó cierto olor a ajo rancio proveniente del policía—. Un placer —mintió.
Braulio Igartiburu frunció el entrecejo. Había algo en el teniente de traje blanco que le ponía nervioso. Tenía esa mirada del que todo lo sabe y todo lo observa mientras no dice ni mu. Vamos, uno de esos que las mata callando, pero había algo más que le daba mala espina, tal vez ese pelo platino, tal vez esas manos suaves de uñas inmaculadas, tal vez ese aire metrosexual.

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—Bueno, pues éste es el muerto —señaló finalmente el policía dirigiendo su nariz hacia un cuerpo espachurrado sobre el asfalto.

—Vaya, nadie lo hubiera dicho, gracias —dijo Esparza. Si el policía grandullón entendió el sarcasmo no dio muestras de ello. Joe se quitó las gafas de sol y se dispuso a examinar el cuerpo superficialmente, pero apenas se puso de cuclillas y el olor lo tumbó de espaldas—. ¡Dios Santo! —exclamó, incorporándose y cubriéndose la nariz con la manga de su chaqueta—. ¡El cadáver de un chupasangre a plena luz del día y no os habéis molestado ni en cubrir el cuerpo!

Si uno se fijaba detenidamente podía ver incluso un humillo salir de los restos vampíricos.

—Bueno, es la ventaja de los chupasangre, capitán —dijo el poli grandullón con elocuencia—. Una vez fritos el sol se encarga de limpiar la calle. En pocas horas sólo quedan las ropas que pueden aprovechar los mendigos.

—Efectivamente —dijo J. Esparza colocándose las gafas de nuevo con una lentitud desmedida—, una gran ventaja para el reciclaje y la ecología mundial si no tuviéramos que hacer un análisis forense para la investigación de un asesinato.

—¿Asesinato? Oh, esto pinta a suicidio, capitán, se lo digo yo.

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—Eso ya lo veremos. ¡Cubrid este cuerpo cagando leches! Con suerte podremos salvar algo, maldita sea. —Se giró hacia el de cabellos plateados y dijo—: Teniente, fotografíe el cuerpo e inspeccione la zona —le ordenó Esparza. Luego echó mano de su aparatoso y arcaico teléfono móvil, pulsó un par de botones y se lo puso al oído, Tras un par de segundos de espera, habló a su interlocutor—: Cristine, no podemos mover el cuerpo. Tendrás que hacerle la primera fase de la autopsia aquí mismo. ¿Que por qué? Pues porque a un puto semiorco cabeza de serrín con traje de policía le ha pasado por los cojones, por eso mismo. Así que tenemos aquí el fiambre de un chupasangre fundido sobre el asfalto. Y es literal, así que te quiero ver aquí ya mismo antes de que este amasijo se queme por completo.

¡Y trae una espátula para separarlo del pavimento!

Al policía medio orco no le hizo ni pizca de gracia el comentario acerca del serrín de su cabeza y se le acercó al capitán Esparza bastante airado. Sus dos metros de espalda, su piel oscura y el diámetro exagerado de una vena que bombeaba sangre desde el cuello hasta la sien le conferían un aspecto amenazador. Quizá su sesera no era capaz de captar las sutilezas de los chistes, los sarcasmos y los juegos de palabras, pero sí los insultos directos y estaba seguro de haber oído uno. Creyó haber amedrentado a Joe Esparza cuando se pegó a él y lo cogió por la solapa levantándolo dos palmos del suelo, echándole su aliento a la cara. Pero pronto notó algo duro y metálico que presionaba su entrepierna.

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—Si vas a joderme un segundo más, más te vale tener suficientes genes de zombi para que puedan ponerte las pelotas de otro.
(Nota de los Ministerios de Sanidad y Cultura: aunque es algo comúnmente aceptado por la comunidad científica y por el saber popular, no está de más recordarle al lector que aquellas personas que disponen de suficientes genes zombis presentan menos rechazo a los trasplantes de todo tipo. Como dice el refrán: Carne muerta busca carne muerta. O como dice la Biblia: Bienaventurados los zombis, porque para ellos la lepra es reversible. Famoso también el poema de Góngora que rezaba algo así como que: Tan zombi quiso ser, que no fue uno, sino cientos.)
El poli orco de piel oscura se puso blanco de repente y dudó un instante. Que él recordase, no había zombis en su familia y, por ende, pocos genes de sorbesesos podía tener y, por ende, no podría implantarse el colgajo muerto de un muerto y hacerlo funcionar y, por ende... Carajo, se dijo, ¿estaban amenazándole con volarle las pelotas?

El teniente Telgarien amagó una risita. Esparza era menudo pero tenía muy mala leche. Conocía a más de uno que había salido amargado por subestimarlo.

—Tengo mala puntería —oyó Braulio decir al hombrecillo de pelo pajizo que sostenía en vilo, mientras eso duro y metálico le presionaba más todavía la entrepierna—, pero te aseguro que a esta distancia no voy a fallar.
Esta vez Braulio no dudó e hizo que corriera el aire entre él y J. Esparza. Éste último guardó rápido su objeto duro y metálico, no fuera que el orco se diera cuenta de que se trataba de su enorme, duro, metálico, prehistórico e inofensivo teléfono móvil (Nota del Ministerio Magufo: o tal vez no tan inofensivo, pues se comentaba que podía dejarte estéril, volarte la oreja en pedacitos, hacer explotar gasolineras, derribar aviones y, por si fuera poco, su peso le confería una cualidad de arma arrojadiza bastante interesante). Y en verdad el medio orco no debió darse cuenta del truco, porque, además de no reprocharle nada a Esparza, le presentó sus disculpas más sinceras: que si no había sido su intención molestarle, que si había sido culpa suya, que si él era un tipo muy cabreativo.

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—Querrás decir irascible —dijo Telgarien desde atrás, como quien no quiere la cosa.
Braulio frunció su poblado entrecejo, pero no dijo nada. No tenía muy claro si debía cabrearse por ese adjetivo. Seguro que ese tío del CSIC tenía algo de elfo. Los elfos siempre estaban con sus palabras raras y las adivinanzas; siempre iban de listillos por la vida. Los humanos también, pero los elfos más todavía.

Joe Esparza le observó rumiando y prefirió pasar página.

—Bien, ¿por qué piensas que fue un suicidio? —le preguntó al semiorco, retomando el caso.

—Bueno, más que suicidio creo que fue por tontería —respondió éste—. Un accidente de tontos, si usted me entiende.

—Pues no —se sinceró el otro.

—Pues está bien claro, jefe. Estos vampiros están chalados. Sólo hay que ver cómo visten. Parecen Keanu Reeves en Matrix: levita negra, gafas de sol de marca y la espalda tiesa como si les hubieran metido una escoba por el culo. Seguro que estuvo empinando el codo y se creyó las leyendas esas de vampiros legendarios que se pueden convertir en murciélago. Pensó que podía volar, saltó por la ventana y se dio el cacharrazo contra el suelo. Por tontería. De tontos. Un suicidio. O un accidente de ignorancia, como usted prefiera.

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—Ya, bueno, creo que entendí el concepto. —Miró a lo alto de aquel imponente edificio conocido popularmente como La Buitrera. El sobrenombre se debía a que cumplía dos requisitos: era alto y albergaba oficinas de empresas muy lucrativas de las que uno, como de la muerte, no puede librarse, tales como aseguradoras, prestamistas, notarios, bancos, funerarias, agencias matrimoniales o bufetes de abogados—. ¿Sabéis ya desde dónde cayó?

—De arriba, sin duda —respondió raudo el policía en un arranque de lucidez.

—De qué piso, quería decir.

—Ah, por supuesto, por supuesto. —Sacó presuroso su bloc de notas y leyó—: Del piso 33. Son las oficinas de Seguros Peninsular.

Quizá podáis pensar que treinta y tres es un número fácil de recordar, como el uno, como el cien o como el sesenta y nueve, y que suena estúpido que un policía, por muy orco o semiorco que se presuma, necesite apuntar un número tan fácil. Y suena mucho más ridículo todavía que tenga que leerlo para recordarlo. Bien. Sólo contaré del agente Braulio una pequeña anécdota para que os pongáis en situación. Resulta que un día en el Canal Cocina, en la tele por cable (Nota del Autor: manda cojones que todo evolucione a wireless, wifi, bluetooth... y que la tele pase de antena a cable. Lo próximo serán los mandos a distancia con cable, y si no, al tiempo).
Perdón, retomo. Decía que en el Canal Cocina Julius estaba haciendo una sopa de ajo y Braulio estaba en su casa tomando nota de la receta. Y dijo Julius que la proporción de ajo por comensal era de un diente de ajo por cabeza. Pues bien, en el breve tiempo que pasó desde que lo escuchó hasta que lo apuntó algo debió distraerle, quizás una mosca que revoloteó perezosa ante sus ojos, porque acabó escribiendo “una cabeza de ajos por diente”. Y así le salió la sopa. Una sopa de sesenta y una cabezas de ajo por persona, ya que, como sabréis, los orcos tienen cuarenta y un dientes (Nota del dentista: contando las tres muelas del juicio) y Braulio Igartiburu, el semiorco, que tenía más de orco que de semi y más de vasco que de catalán, no escatimó en recursos y puso veinte cabezas de más para darle un poco más de sabor. La sopa de ajo resultante, como podréis imaginar, tenía poco de sopa y mucho de pasta blanquecina a medio cocer. De aquello hace ya catorce años y todavía le huele el aliento. Y todavía sigue apuntándolo todo en una libreta.

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Quizá también estaréis pensando que cómo es posible que llegara a policía este señor, o que treinta y tres pisos son pocos pisos para que se mate un vampiro, o si sois muy listos, es posible que penséis ambas cosas a la vez. Pues bien, dejad de leer fantasía, que aunque esta historia sea inventada es realista como la vida misma (no sé si os lo había dicho ya). La realidad supera la ficción en el primer caso y al revés en el segundo, así de fácil. Bueno, en vuestro descargo —y siendo estrictos— debo decir que en la vida real un vampiro de alta pureza puede sobrevivir a una caída de 31 pisos, pero sale muy mal parado. En 32 es un cara o cruz y en 33 seguro que se mata. Y si no me creéis, buscadlo en Google como hice yo.

—¿Habéis hablado ya con el dueño de la empresa? —preguntó J. Esparza.

—Sí, por supuesto —Afirmó Braulio—. Al parecer su despacho estaba cerrado por dentro. La ventana estaba abierta, que es de donde se supone que cayó.

—O, mejor dicho, le tiraron —sentenció Esparza.

—¿Pero cómo iban a tirarle? ¿No me ha escuchado? ¡La habitación estaba cerrada por dentro! —argumentó Braulio, el pobre, que en ocho años de servicio todavía no sabía que para los miembros del CSIC, el suicidio, el accidente o la muerte natural, no eran jamás una opción a tener en cuenta.

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—Uhm, el típico problema del cuarto cerrado, ya veo —dijo rascándose el mentón con aires pensativos.

—¿Cómo dice?

—Es un recurso literario bastante conocido —explicó—. Se plantea el enigma del asesinato de una persona en una habitación cerrada por dentro, siendo pues imposible que el asesino pudiera haber cometido el asesinato y salido de ella. Sherlock Holmes se encontró con algún caso así, también Gaston Leroux que escribió El misterio del cuarto amarillo, incluso Asimov hizo uso de esta situación en El sol desnudo. No han sido los únicos casos. La literatura policíaca está repleta de ellos. La gracia está en resolver un enigma que desde el principio no tiene solución. Si esto fuera una novela policiaca y no la vida real, se titularía seguramente El misterio del cuarto con vampiro. Y el escritor sin duda sería un tipo sin imaginación ni recursos propios, de esos que viven copiando las ideas de los demás, un pobre desgraciado, ya me entiende. (Nota del Autor: Estuve a punto de ponerle ese título, pero no se lo tendré en cuenta al bueno de Joe Esparza. A pesar de todo me cae bien. Y sin duda el título actual es mucho más imaginativo.)

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Al policía, de todo aquello, sólo le sonaba el nombre de Sherlock Holmes, como a muchos de vosotros. Bueno, a alguno igual le suene también ese tal Asimov y con suerte hasta le venga a la cabeza un tipo con gafotas de pasta y unas patillas blancas enormes. Sin duda éstas delataban sus genes de licántropo, aunque él nunca lo reconoció públicamente.

—¿Entonces cómo se solucionan estos casos? —le preguntó el semoirco altamente intrigado.

—Bueno, es evidente que es una cuestión de conceptos y de semántica. El concepto cerrado o sellado quizás no sea del todo exacto. La habitación no estaba tan sellada como parecía, o el asesino es un animal adiestrado de poco tamaño capaz de entrar por un pequeño hueco, o se ha usado gas letal capaz de colarse por las rendijas, etecé, etecé. En el caso que nos ocupa, la ventana abierta es una buena vía de escape para el asesino, aunque esté a treinta y tres pisos de altura.

—¡Claro! Alguien pudo usar algún artilugio para escapar trepando, o con un paracaídas, como en las películas.

Desde esa altura con un paracaídas te matas, so melón, no llega a abrirse, estuvo a punto de decir Joe Esparza. Sin embargo, no queriendo entrar en distracciones dijo:

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—Esa será mi primera línea de investigación: asegurarme de que salvo la ventana estaba todo cerrado y analizar ésta como posible vía de escape.

—¡Es usted un genio! —Hacía un momento le hubiera aplastado la cabeza contra un autobús y ahora estaba eufórico con él. Braulio era así, con los cambios de humor típicos de una peluda con la regla llamando a su puerta y plenilunio en el firmamento. Quizá Braulio tuviera suficientes genes lupinos a fin de cuentas.

—¿Quién dio el aviso?

—Aquella señora —señaló a una mujer encorvada de cabellos canos, que se apoyaba torpemente en un bastón y que tenía todas las trazas de padecer Alzheimer.

—Teniente, tómele declaración.

Telgarien Ojo de Halcón se acercó a la susodicha señora a la que le calculó unos doscientos cincuenta años, miró la posición del sol, y enchufó la grabadora.

—Buenos días, señora —le dijo en voz bien alta y gesticulando bien las palabras, por si padeciera algo de sordera—. Vengo a...

—Sí, viene usted a tomarme declaración, no se preocupe —le interrumpió. La inocente abuelita tenía un hablar bastante rápido y ese tono de reproche continuo que tienen todas las abuelitas enfadadas del universo—. Me trago todas las series de policías y asesinatos, hasta los capítulos repetidos. También las de médicos, abogados y La Alquería Blanca, aunque no vienen al caso. Y no me hable como si fuera tonta, hágame el favor. Bien, apunte. Mi nombre es Aurelia Arteta. Iba de camino a la panadería de doña Inés cuando a las 8:06 AM vi lo que me pareció un vagabundo haragán durmiendo la mona en el suelo. Me acerqué y le di unos golpecitos con el pie para despertarlo y me percaté de que era un chupasangre muerto. Así que saqué mi iPhone y llamé a las 8:08 AM al 091 con la aplicación iEmergency Plus, que es la caña, como decís vosotros los jóvenes. Miré por si hubiera alguien sospechoso alrededor y vi todo normal.
»Entendí que se había caído del piso 33, pues es el único ventanal que estaba y sigue abierto en La Buitrera. ¡Ja! Mala suerte para el chupasangre. Si hubiera caído del 31 habría sobrevivido, aunque ahora estaría bastante jodido. Lo que me sorprende sobremanera es que se mate un puñetero chupasangre y venga el CSIC perdiendo el culo como si no hubieran cosas más importantes en las que invertir el presupuesto del Estado. ¿Qué pasa, que se aburren ustedes? Esto es vergonzoso. ¡Vergonzoso! Con Franco no pasaban estas cosas. Si antiguamente el CSIC se dedicaba sólo a la Ciencia y ya servía para poco, ahora que baila al son de la Policía Científica ni te cuento. ¡Haraganes! ¡Cacho haraganes! —Y después de un segundo, ya más calmada la viejecita añadió—: Disculpe, joven, es que a veces me altero, ya sabe, la edad. ¿Necesita algo más de mí?

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—Emm... No, no, eso es todo, gracias por colaborar con la justicia —dijo torpemente el teniente Telgarien. Joder, con el Brain Training, pensó, seguro que entre serie y serie la señora Aurelia se dedicaba a resolver ecuaciones diferenciales o a escribir artículos sobre la teoría de cuerdas. Paró la grabadora y miró de nuevo la posición del sol. Habían pasado escasamente 37 segundos. Sí, es cierto que la grabadora era digital y marcaba religiosamente el tiempo del archivo grabado, pero el medio elfo tenía el vicio de mirar el firmamento para tales menesteres por puro reflejo.

En ese preciso momento llegó Cristine, la forense del CSIC, acalorada.

—¿Son éstas horas de venir? —le recriminó Joe Esparza. Tan alta, tan rubia, tan guapa, tan perfecta, tan casada tan felizmente con Don Tan Perfecto. Era la antítesis de Joe, ya que su matrimonio había sido un desastre. Quizás por eso le gustaba zaherirla, pues así lograba romper su inmaculada perfección y ya de paso disimulaba sus ganas de ponerla mirando a Cuenca.

—Oh, lo siento de veras, capitán. En realidad he tardado dos minutos en venir, pero dos horas en aparcar.

—Es lo que tenéis las mujeres, que se os hace difícil el aparcar —rió entre dientes.

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Braulio no captó el chiste. Él era hombre y también le costaba aparcar. A Cristine no le hizo ni puta gracia. Se sabía que tenía genes de elfa, de licántropo y para colmo de mujer humana, así que era orgullosa, irascible (véase cabreativa) y no se callaba ni bajo el agua. Cualidades que otros con menos ojo que Joe Esparza veían como: segura de sí misma, con carácter y dicharachera. A la postre, perfecta. La perfecta sargento de hierro, por supuesto, capaz de poner a sus pies al propio Clint Eastwood si hubieran pasado por la vicaría. Pobre de su perfecto marido que, como dicen en mi pueblo, seguro que en casa iba como cagallón por acequia.

—Sabes a qué me refiero, Jota-E. No hay Dios que aparque en esta ciudad. Dos horas dando vueltas, has oído bien.

Esparza tuvo que morderse la lengua. La excusa era muy buena. De hecho, ése era el tiempo medio estimado para aparcar en todo el país. Inexplicablemente, cada vez crecía más y más la población, crecía más y más la cantidad de coches por familia (sí, a pesar de la crisis) y sin embargo se reducían más y más los aparcamientos. Ni zona azul ni parkings ni leches, siempre todo lleno. Ya nadie se asombra de que los gorrillas te cobren por buscarte un sitio en zona azul, o verde, o sobre un vado. Hace tiempo que la gente empezó a aparcar en doble fila sin freno de mano para que pudieran salir los bien aparcados si se empujaba un poquito el coche que pudiera estorbarle. Después, para las calles anchas y en sábado noche en zona de marcha, a alguien se le ocurrió lo de aparcar en tercera fila. Luego fue invadir los carriles bus incluso de día. Al final, uno podía considerarse la persona más afortunada del planeta si conseguía aparcar en un lugar legalmente habilitado para ello. Tanto, que se prometía no comprar más cupones de la ONCE ni se agachaba a por el jabón en las duchas del gimnasio en dos años porque sabía que había agotado su suerte. Pero aparcar en primera fila muchas veces no era suerte sino desgracia, porque para desaparcar (Nota del Traductor: gallifante para quien encuentre una palabra mejor, y no vale desestacionar, que es igual de garrula) requería seguramente mover tres filas de coches y eso era más complicado que la última pantalla del sokoban (Nota del friki: sokoban es el jueguecito ese de mover las cajas que no se pasa nadie). Así que nada, la excusa del aparcamiento llevaba décadas siendo la madre de las excusas, desbancando a grandes clásicos como "no me ha sonado el despertador", "es que no me quedaba saldo en el móvil" o la más grande de todas: "hoy tengo jaqueca".

cap.01. El cuerpo fundido

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El capitán Esparza le hizo un ademán hacia el cuerpo del delito para que la forense de largos cabellos rubios empezase su trabajo.

—Bien, son las nueve y media de la mañana y ya cae un sol de justicia. ¿A qué hora se encontró el cuerpo? —preguntó Cristine.

—El aviso se dio a las... —el agente Braulio consultó sus notas—... a las ocho y ocho de la mañana —pronunciando aquellas palabras, cayó en la cuenta que eran fáciles de recordar. Rimaban con bizcocho y tenía hambre. ¿Las ocho y ocho son las dieciséis?, se preguntó. Y se quedó pensativo un rato.

Mientras Cristine levantaba la manta térmica que por fin habían colocado al cadáver (y la postura en cuclillas para desgracia de los hombres allí presentes no era en absoluto aprovechada por su pulcro vestuario de pantalón-chaqueta para dejar entrever qué formaba esas curvas), observó:

—Por suerte la levita que lleva le ha cubierto muchas partes del cuerpo. Por la exposición solar y suponiendo un alto grado de genes vampíricos, así a ojo...

—Lleva muerto mínimo desde las seis de la madrugada, eso es de cajón —sentenció el capitán Esparza. Al ver la estupefacción de sus compañeros explicó—: Es conocimiento popular la aversión que tienen a la luz solar aquellos que tienen genes vampíricos por encima del 20%, y esto hace que se cojan el último turno de trabajo, horario nocturno, a saber, de 22:00h a 06:00h, o séase, la madrugada. Este señor sin duda hizo este horario de trabajo. A las seis de la mañana debió de entrar su relevo en el despacho y ya no lo encontró en su lugar de trabajo, de lo contrario no habríamos recibido el aviso a las ocho de una ancianita que se lo encontró en el suelo. Es decir, que a las seis de la madrugada este chupasangre ya no estaba en su despacho. Y dos horas después se da parte de su muerte. Lleva muerto al menos tres horas.

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—¡Gran deducción, capitán! —gritó el agente Braulio entusiasmado, aunque a decir verdad todavía estaba haciendo cábalas. Si hubiese tenido la rapidez de apuntar el párrafo anterior entero, habría necesitado releerlo tres veces para entenderlo.

—Telgarien —le dijo a su teniente—, yo y el agente Braulio vamos a hacerle una visita a las oficinas de la Peninsular. Cuando acabes aquí abajo, sube a la planta 33. —El semielfo asintió—. Cristine, quédate con tu amigo chupasangre. Si consigues despegarlo del asfalto de una pieza y sacas alguna conclusión, llámame al móvil cagando leches.

—Se hará como deseas, mi señor —contestó ella con servicial sarcasmo, cual trasgo a las órdenes de Saruman, aunque, lejos de sentirse ofendido, el capitán Esparza grabó esa frase en su cerebro y le sirvió en el presente y en el futuro, para imaginarse a su forense preferida en posturas humillantes.

Esbozando una risita lasciva, dio media vuelta y encaró el hall de La Buitrera. Braulio le siguió y le guiñó un ojo.

—Está buena la moza, ¿eh, jefe? —Al parecer el semiorco también la había estado imaginando en asuntos poco policiales (a excepción de las esposas, claro). Sin embargo, el capitán Esparza era todo un caballero y no dio muestras de ese tipo de vulgaridades.

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—Del montón.

—Joder, cómo está el nivel, jefe. —Al agente Braulio le hubiera gustado saber dónde estaba el montón de J. Esparza y llevarse a casa un puñado de rubias elfas de metro ochenta (Exacto, no se tragaba a los elfos, pero las elfas le ponían como una moto, sobre todo las lobas elfas, que tienen ese punto entre sargento y salvaje que flipas con ellas en un parque y en luna llena, ya me entendéis).

—Eso es que está usted un poco salido, agente.

—Eh... Uhm... —dudó un instante—. Sí, será eso —convino no muy convencido.

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“El misterio de la oficina caoba” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.
By Víctor Martínez Martí @endegal Starring Joe Esparza @esparzacsic Léelo directamente desde tu Kindle