el misterio de la oficina caoba

El misterio de la oficina caoba

Capítulo 11

La olla de Héctor Mature

Nuestro hombre es Héctor Mature —dijo Ernest desde la puerta.

—¿Es el que escribió la nota de la amenaza?

—Es posible... Bueno, no lo sé dadas sus circunstancias, pero tiene muchas probabilidades de haberla enviado por correo, quién sabe. Cuanto menos, es digno de ser entrevistado. Creo que su testimonio será de gran utilidad.

—Cálmate y dime primero quién es ese Héctor Mature.

—Bien, he estado rastreando foros y mensajes de Mr_Tepes por toda la red. Resulta que donde más tiempo pasaba era en un foro llamado economiamia.com. Nada más y nada menos que cinco mil doscientos mensajes.

—¡La virgen! —suspiró Esparza—. Este Mr_Tepes no tenía vida social... Era un obseso de internet en toda regla, un completo inadaptado.

—Bueno, el caso es que tuvo bastantes encontronazos con el administrador del foro, que, según he averiguado, era uno de los propietarios de la web: Héctor Mature, alias Galendel en el foro.

—¿Era? ¿Cerró el foro?

—No exactamente. Formaba una Asociación Cultural con cuatro amigos que sustentaban la web.

—Ajá, ya veo, una forma útil de blanquear dinero de otros negocios turbios. Continúa.

—Pues nada, que al acabar incapacitado, tuvo que dejar la Asociación y ya está desvinculado totalmente de economiamia.com.

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—¿Incapacitado? ¿Me he perdido algo?

—Ups, cierto, me he saltado esa parte, disculpe. Verá, me he enterado de que tuvo trastornos psicológicos importantes y acabó internado en un centro de salud mental, donde todavía reside.

—O sea, que se le fue la olla cosa fina. Posiblemente a causa de los agravios ocasionados por el señor Tepes/Petrescu. ¿Crees que es eso posible, tú que has leído los encontronazos?

—Oh, ya lo creo, capitán. Yo estuve de moderador en un foro de política y me lo tuve que dejar a los dos meses. Ese trabajo quema mucho, créame, más que trabajar aquí sin cobrar, y no es que me esté quejando —agregó rápidamente para evitar suspicacias—. Y el señor Héctor estuvo comiéndose marrones al menos durante seis años. No me extraña nada que acabara loco de atar, máxime si tuvo que lidiar con ese descerebrado de Mr_Tepes. Cuando lea los intercambios de mensajes que le he seleccionado flipará cosa mala.

—Estupendo. Lo mejor de todo es que el señor Héctor tiene un móvil para cargarse al Señor Tepes.

Joe Esparza cogió el Hummer negro del CSIC y salió a toda leche dirección al sanatorio. Enchufó las luces de emergencia y las sirenas para evitar el tedioso tráfico. Si ya lo hacía otras veces, ¿por qué no hacerlo ahora que tenía un motivo más o menos lícito? Mientras conducía con una mano, con la otra alternaba mordiscos a una grasienta hamburguesa con repasos furtivos a la ficha policial de Héctor Mature: su foto, datos básicos de edad, complexión y estatura, etc, y algunas de las conversaciones subidas de tono que tuvo con Mr_Tepes en el foro que le había impreso Ernest.

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Llegó al sanatorio sin mayores problemas. Una vez allí le atendió el doctor Carlos Casas.

—Entonces está usted buscando a Héctor Mature —le preguntó el de la bata, que debía ser el susodicho doctor.

—En efecto.

—Bien, demos un paseo por el jardín mientras compartimos los detalles de su visita, porque tengo entendido, señor Esparza, que no es usted un familiar, ¿verdad?

En el jardín había muchos enfermos ataviados de ropa blanca. Algunos simplemente sentados con aire ausente, otros conversando o deambulando de aquí para allá, haciendo lo que hacen los típicos locos en el jardín del típico manicomio mientras de fondo puede oírse el canto de unos pajarillos, si acaso digamos jilgueros y estorninos. Esparza sospechó que eran grabaciones porque mucho trino y pocos animalillos a la vista. Un entorno realmente bucólico y gente feliz en un estado de eterna contemplación y/o disfrute; la gente apropiada en el lugar apropiado, lejos de la peligrosa gente razonable.

—No, no soy un familiar, soy del CSIC, esto es una investigación criminal. Por cierto, no le veo por aquí. ¿Hay algún problema con Héctor?

—Bueno, imagino que ya sabrá por qué está aquí. Sus antecedentes.

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—Sí, tengo mis datos —dijo enseñándole por encima la ficha policial manchada parcialmente de grasa y ketchup—, pero me gustaría saber su experta opinión acerca de su estado.

—Héctor Mature entró aquí con esquizofrenia aguda y doble personalidad. Tanto tiempo administrando un foro de internet... Ya sabe, le volvió... —dijo con un gesto circular sobre su cabeza.

—Sí, como una regadera. Continúe.

—Bueno, nosotros preferimos llamarlo personalidad dual, es un término más amable.

—Claro, claro. Prosiga, por favor.

—Héctor ya no distingue realidad del mundo virtual. No se distingue de su alias Galendel. ¿Se puede usted creer que todavía habla como si fuera administrador de ese foro y se está todo el santo día dale que te dale con los problemas que tuvo allí?

—¿Problemas con un tal Míster Tepes, concretamente?

—Oh, sí, entre otros, sí. Pero qué duda cabe que con el señor Tepes tenía una obsesión especial.

—¿Dónde está el señor Héctor actualmente? —Esparza empezaba ya a estar un poco harto de tanto andar.

—En una celda de reclusión especial. Ya sabe, de esas acolchadas. Tenemos miedo de que pueda lastimar a alguien, incluso a sí mismo. Tenemos en este centro a Napoleón, Jesucristo, Atila, Hitler, Gandhi, Julio César, Aznar y a Raúl González, pero son todos inofensivos y les dejamos campar por el jardín exterior, ¿me entiende por dónde voy?

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—Perfectamente. ¿Ha permanecido Héctor recluido en esa celda especial los últimos días?

—Claro, desde el primer día en el que entró aquí. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque la madrugada de ayer, el señor Tepes fue asesinado.

—Oh, no me diga. Eso es espantoso.

Entraron al blanco edificio y pasaron a través de varios blancos pasillos custodiados por sendos guardias y sendas rejas blancas. Se detuvieron delante de una puerta blindada que rivalizaba con la de la cámara del tesoro del tío Gilito, con una mirilla rectangular de cristal bastante grueso, posiblemente antibala. Esparza se puso de puntillas para llegar a la mirilla, aunque sólo pudo atisbar durante medio segundo el interior; un cuerpo acurrucado en un rincón de la celda.

—Escuche, señor Esparza —le dijo el doctor Carlos Casas poniéndole una mano en el hombro—. Le advierto que este hombre está muy mal de la cabeza. Es como el demonio. Intentará confundirle y meterle en su mundo de fantasía virtual. En realidad, no sé si esta visita le será de provecho, pues bien le puedo asegurar que no pudo salir de aquí para cometer ningún asesinato.

—Eso ya lo veremos. En teoría el asesino tampoco pudo salir de la escena del crimen y sin embargo salió. Quiero ver si este sujeto tiene dotes de Houdini. —Esparza se irguió, cogió aire, hinchó pecho, se quitó las gafas de sol y las guardó cuidadosamente en el bolsillo de su americana, se desabrochó un botón de la camisa, y armándose de valor, dijo—: Abra esa puerta, voy a entrar. —Y ante la mirada asustada del doctor y el celador, agregó—: Solo.

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—No hay problema, pero por favor, tenga cuidado. De verdad le digo que no sabe a qué se enfrenta.

El celador abrió la puerta y Esparza entró despacio. El sujeto estaba acurrucado en la esquina opuesta, tal y como le había parecido ver desde fuera, pero éste no pareció percatarse de su presencia hasta que oyó su propio nombre.

—¿Héctor Mature alias Galendel?

—¿Sí?

Al girarse, Esparza se dio cuenta de que llevaba una camisa de fuerza con las correas de cuero bien prietas. Su cabello castaño estaba desaliñado y en los ojos del recluso había un brillo extraño, casi amenazador, aunque a todas luces, estimó Esparza, no podría hacerle daño en aquel estado y menos a él, un ex legionario bien entrenado. Olía a rancio, ligeramente a orín, lo que le hizo preguntarse cómo, cuándo y dónde haría sus necesidades un recluso como aquél.

—Parece que a su sastre se le fue la mano con la medida de las mangas —dijo Esparza apropiadamente para romper el hielo.

—Ja. Muy gracioso. ¿Es usted poli?

—Hum, ¿por qué habría de serlo?

—No lleva ropa blanca, ergo no es un tarado. No lleva bata, ergo no es doctor. No lleva sotana, ergo no es cura. Tiene cara de perro amargado, va trajeado y lleva mi ficha policial en las manos. Yo diría que es poli.

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—Soy del CSIC, listillo.

—Ah, eso lo explica todo. Un trabajo duro, sin duda, rodeado de incompetentes.

Aquella acertada afirmación descolocó temporalmente a Esparza.

—Te veo muy lúcido para estar en este sitio —le dijo.

—Estoy aquí porque piensan que estoy loco.

—Y claro, no lo estás.

—Por supuesto que no.

—Eso decís todos los locos. Por cierto. ¿Galendel? Suena a élfico amariconado, pero tú no tendrías pinta de elfo aunque te tiñeras de rubio y te compraras un arco. ¿Es por lo de gay o cómo va la cosa? —le provocó.

—Sí, ya ve. Lo de mi alias es una larga historia, no sé si le va a interesar.

—Efectivamente, no me interesa. ¿Qué sabes acerca de un tal Míster Tepes?

—Un pobre hombre. Tenía manía persecutoria.

—¿Y algo más? Tengo aquí varios intercambios verbales bastante ilustrativos de tu relación con el señor Tepes.

—Como ya sabrá, yo era el administrador y el moderador de ese foro. Sólo intentaba poner paz.

—Ajá, con frases tales como "no faltes al respeto de los foreros"... Y con lindezas del tipo "si no tienes ni idea de lo que es el IPC, mejor no hables", "haz el favor de respetar mi autoridad"... No creo que eso conllevara a mejorar el ambiente.

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—Con todos los respetos, no sé si ha leído los improperios que el señor Tepes y otros foreros me dirigían cuando había un hilo de discusión caliente. Recuerdo un "fascista", "anormal", "imbécil", "eso no me lo dices en la calle", "o me pides perdón o me baneas", "rojo de mierda", "alfeñique", "abrazafarolas", y otros tantos adjetivos cariñosos que rebasan en mucho lo que yo pudiera decirles.

—Claro, imagino que esas cosas queman mucho. Sobre todo el de abrazafarolas, que cayó en desuso cuando aquel mediano dejó el oficio de la radio deportiva.

—Pues sí, no voy a mentirle. Ya ve dónde me han llevado.

—Pero tú mandabas en el foro. Podrías haberlos... ¿cómo se dice? ¿Expulsado?

—Baneado.

—Sí, eso es, baneado. Si hubiera sido yo los hubiera fulminado a primeras de cambio.

—No crea que no me quedé con las ganas en más de una ocasión, pero no dependía de mí solo. Con el resto de asociados habíamos acordado manga ancha en este asunto, pero claro, la cosa se desmadraba día sí, día también, y los marrones me caían todos a mí que era la cara visible. Siempre me ponía en medio de las discusiones y acababa mal con ambos bandos. De la noche a la mañana me había convertido de admin bueno al admin malo, yo que había sido el alma de la fiesta.

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—¿Es que los demás no moderaban?

—No, exactamente. Algunos se dedicaban exclusivamente al tema informático de la web, otros a colocar artículos de economía. Como yo no tenía cualidades para nada de eso, me tocó comerme los marrones sociales y, claro, acabé siendo yo el malo de la película, recibiendo más palos que la baraja de Heraclio Fournier.

—Sí, tiene sentido. Sobre todo teniendo al Míster Tepes detrás de usted todos los días, tocando los cojones, ¿eh?.

—Oh, no, no. Mis problemas con Mr_Tepes eran a causa de la fijación mutua por zaherirse entre él y Bigman, pero era uno de tantos problemas. Se iban persiguiendo por los foros, dándose cuchilladas sobre el producto interior bruto, las acciones de Endesa, la prima de riesgo, la deuda pública y los Señores del Ladrillo.

—Bigman... ¿Es el nick de otro usuario?

—Pues claro.

—¿Y su nombre real es...?

—No lo sé. No pedimos esa información para participar en el foro.

—Facebook lo hace.

—¡Que le den al FaceBook, al Tuenti y a la madre que los parió a todos sus descendientes bastardos!

—¿Y eso?

—Por su culpa ya no tenemos tantas visitas. Y por someras chorradas de webs... Hay que joderse. Eso sí, al menos ya no tenemos trolls en el foro.

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—¿Y cómo sabe que no se registran trolls? ¿Preguntan ese dato?

Héctor rió sonoramente.

—En internet llamamos trolls a los usuarios que intentan fastidiar a la gente, los que creen que siempre tienen razón e insultan a la mínima y los que básicamente tienen problemas con la autoridad, o sea, con los moderadores.

—Ah, entiendo. Tienen cierto paralelismo con los trolls reales, los de gran pureza, me refiero, claro está. Son cabezones natos y suelen tener problemas con la ley constantemente porque les gusta ir al límite y, en ocasiones, quieren ser más papistas que el papa y hacer ellos mismos de justicieros. Abogado, juez y verdugo. Encima, su mala memoria les ayuda a olvidar cosas del pasado. Por ejemplo, cuando acusan a alguien de un hecho, no recuerdan que ellos hicieron lo mismo apenas una semana antes. La suerte que tienen es que su factor regenerativo reconstruye sus neuronas casi al mismo tiempo que se destruyen. De hecho, según los últimos estudios, los trolls que con la edad pierden factor regenerativo padecen de Alzheimer.

—Sí, pues eso. Suele ser gente que quiere llamar la atención sobre sí mismos y decir chorradas sin que nadie les controle, así que hoy día se montan un blog personal, o se apuntan al Tuenti o al Facebook, así le ríen las gracias los amiguetes y nos dejan a los demás en paz.

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—Entiendo.

—Oiga, no será usted un usuario de Tuenti o de Facebook, ¿no? —preguntó un poco incómodo, por si hubiera podido ofenderle.

—No, no, tranquilo... La tecnología y yo estamos un poco reñidos —le confesó ya con más confianza—. Además, prefiero en mucho el contacto directo y personal, no esas gilipolleces virtuales. Oye, ¿de ese Bigman no podrías decirme nada? Necesito localizarle.

—No me diga que han matado a Mr_Tepes...

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Joder, usted es del CSIC, se supone que investiga crímenes. Viene a visitarme y me pregunta por mi relación con Mr_Tepes y acto seguido por el nombre real de Bigman, su némesis económico-forero-financiera. Está claro que el centro de la investigación es Mr_Tepes.

—Muy agudo por tu parte. Quizás piensas que podrías hacer mi trabajo, ¿eh? Pues olvídate. ¿Qué puedes decirme de ese Bigman?

—Buf, a ver. Un tío con muy mal carácter pero muy inteligente. No sólo sabía de economía, también de informática, muchos idiomas...

—¿Has dicho experto en informática? ¿Te suena que pudiera ser quizás un amante del software libre? Ya sabes, uno de esos pelagatos.

—¡Sí! Recuerdo perfectamente un post suyo donde dijo literalmente que "si Linux no estuviera prohibido, me lo instalaría". De hecho eso fue motivo de expulsión directa. En economiamia.com no aceptamos hablar de cosas gratis ni fuera de la ley, mucho menos incitar a cometer este tipo de actos delictivos, menos todavía desde la Ley Keen. No nos gustaría enfurecer a los del Servicio Gubernamental de Asuntos Estatales.

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—Oh, perfecto. Definitivamente tengo que localizar a ese tipejo. ¿No se apuntan las direcciones de los ordenadores, las IP esas?

—Sí, pero no le servirían de nada. En el momento de expulsión estuvimos mirando sus IP y nos dimos cuenta de que usaba un proxy ilegal, por lo que su localización no se puede rastrear.

—Lástima.

—Siento no serle de más ayuda, señor del CSIC, pero en economiamia.com no tenemos más datos de los usuarios que su nick y su correo electrónico.

—Tengo entendido que estás desvinculado de economiamia.com.

—Sí, así es. Le han informado bien.

—Y sin embargo en todo momento has estado hablando de economiamia.com como si fuera tuya. Como si todavía fueses parte del proyecto, como si estuviera yo hablando ahora mismo con el administrador, no con la persona.

—Claro, es que esa web es como una hija para mí; hemos pasado muchas cosas juntos. No, no se extrañe, señor del CSIC, conozco esa mirada. Usted es de los que piensan que todo lo relacionado con internet es algo antinatural y que los que se relacionan en la red son poco menos que insulsos anormales e inadaptados sociales.

—Voy a ser franco. Pienso exactamente eso.

—Vale, pues yo seré Mussolini. Así ambos encajaremos en este centro —dijo riendo—. Era broma, era broma... Sí, sé lo que piensa. Pero déjeme explicarle. Internet es el quinto paso de la evolución humana en el que...

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—¿El quinto paso? ¿De qué carajo me estás hablando?

—Sí, el primero fue la consciencia de nosotros mismos, la capacidad de pensar más allá de los instintos, la curiosidad, la sed de conocimiento. A partir de ese momentos fuimos realmente humanos. El segundo paso fue el desarrollo del lenguaje, comunicarse verbalmente para expresar ideas complejas y compartirlas, contar historias, recordar el pasado por el boca a boca. El tercero fue el desarrollo de la escritura, poder plasmar todo el conocimiento en piedra o en papiro.
»El conocimiento de la humanidad ya era mucho más duradero. Avanzábamos tecnológicamente a pasos agigantados, en bienestar y salud. El cuarto, la imprenta, el poder de reproducir rápidamente escritos, hacer libros. Y el quinto, internet. El conocimiento humano de punta a punta del mundo, al instante. Hoy día pillas un libro viejo ilustrado, miras en el copyright quién es el autor de esas ilustraciones, entras a Google, pones su nombre y bingo. Ahí tienes su biografía, dónde publicó sus ilustraciones, alguna de sus obras en JPG y hasta gente que habla de él. Con suerte, a día de hoy se ha montado un blog y puedes charlar con él. Hace apenas unos años esto era del todo impensable. ¿Quién lo hizo posible? Internet. El quinto paso de la evolución humana. ¿No es eso maravilloso?

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—Visto así, sí, ciertamente.

—Claro que en internet hay personas raras e información errónea, pero es el mal menor. Puedes hablar, leer, emitir tu imagen en vídeo por la webcam, compartir experiencias, proyectos, hacer amigos e incluso enamorarte. En la red uno es realmente libre. Uno puede llegar a conocer mejor a su pareja ideal durante encuentros en foros y blogs afines a sus gustos personales que no en una discoteca en la que no se puede hablar y en la que necesitas unas cuantas copas para lanzarte.

—Vaya, nunca me lo había planteado de ese modo.

—Internet irá evolucionando y será pronto el centro de todo. El trabajo, el amor, las amistades, la ciencia, la educación... Dentro de poco, nada de esto tendrá sentido sin internet. Cuando tengamos falta de conexión nos sentiremos como en la edad de piedra, inútiles, aislados del mundo. Y si no, al tiempo. ¿Se imagina hoy día un móvil sin internet? Seguro que no.

Esparza, por desgracia, se lo imaginaba perfectamente bien. Su móvil actual era de la Edad de Piedra, podía dar gracias que podía enviar SMS. Pero, joder, con su mierdasueldo no podía permitirse un móvil en condiciones, un iphone última generación. Aunque pensándolo bien, recordaba que había acabado de ingresar una paga extraordinaria hacía poco. Sí, un par de miles de euros en un sobre, por obra y gracia de Marcelo Malatesta. En cuanto tuviera un respiro iría a comprarse un móvil como Jobs manda (en paz descanse).

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Mientras Esparza estaba inmerso en estas cavilaciones, H. Mature hizo una pausa de reflexión, quizás añorando esa conexión a internet que hacía tanto tiempo que le negaban. Poco después, tras la mirada comprensiva de Joe Esparza, continuó.

—Y claro, cuando creas una web social de las dimensiones de economiamia.com y pasas tantas penas y alegrías juntos... Es como tener una hija. Imagino que es la misma sensación que cuando un escritor ha parido un libro y lo ve publicado, o la que tiene un artista al acabar una obra, o la que tiene el empresario que ha formado una empresa que funciona pasados unos años y paga sueldos religiosamente, alimentando a otras familias.

—O la que tiene un capitán del CSIC cuando redacta el informe de un caso resuelto y mete entre rejas a un asesino múltiple, sí... Te entiendo perfectamente. —Tras unos momentos de intensa reflexión añadió—: Oye, Héctor, me has sido de gran ayuda. Si te soy sincero me has parecido una persona completamente cuerda y cabal. No entiendo muy bien qué haces aquí, así que voy a solicitar tu reincorporación social para que se haga efectiva cuanto antes.

—¿De verdad? ¿Puede usted hacer eso? ¿El CSIC tiene competencias para sacarme de este agujero?

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—Por supuesto. Tenemos más poder del que imaginas, amigo. Tendrás noticias mías. No desesperes.

Y así, Joe Esparza, capitán del CSIC, se propuso marcharse triunfalmente. Y cuando se dio la vuelta, oyó decir al inquilino de la celda acolchada:

—Oiga, oiga...

—¿Sí?

—¿Puede hacerme un favor? Verá... —titubeó—, me pica horrores detrás de la oreja y... con este vestuario...

El capitán Esparza salió de aquella celda de reclusión especial. Justo antes de cerrarse la puerta insonorizada pudo escuchar las enormes gracias de Héctor. Afuera, le esperaba el doctor Carlos Casas, que con aire de preocupación le preguntó:

—¿Cómo le ha ido?

—Bien, muy bien —contestó apretándose los ojos con el pulgar y el índice, como si estuviera agotado por un esfuerzo mental incalculable—. Está fuera de toda sospecha y, sin embargo, quisiera pedirle una cosa, si es posible.

—Por supuesto, siempre y cuando esté al alcance de mi mano.

—Lo está, se lo aseguro.

—Dígame, pues.

—Le pido por favor que redoble la seguridad de esta celda. No permita que Héctor reciba visitas. Ese hombre está realmente mal de la cabeza; jamás pensé que nadie pudiera perder el norte de ese modo. Es mortalmente peligroso, su lengua es un veneno. Si este hombre llega a salir de aquí, el daño a la sociedad sería irreparable. Me lo imagino llegando al gobierno y hundiendo este país.

cap.11. La olla de Héctor Mature

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—Dios bendito, no, eso nunca. Se hará como usted diga, señor Esparza.

—¿Se puede creer usted que se ha pasado todo el tiempo hablando sobre su web, sus usuarios e internet? Dios santo, ¿es que no tiene otra cosa en qué pensar? ¡Qué obsesión tiene este hombre, con la de cosas que hay para disfrutar en la vida real!

—Sí, ya se lo advertí. Es un caso grave de enajenación mental y personalidad dual, agraviada por una megalomanía y una adicción desmesurada por las redes sociales.

—Gracias por su atención, doctor —se despidió.

De camino al edificio del CSIC, en su cabeza sólo había ahora una frase que estaba perfilando sobre la marcha, la que pondría en su estado del Facebook al llegar al ordenador de su despacho y que sería algo así: "Joe Esparza piensa que los locos están mejor en el manicomio y si son administradores de un foro, mejor sería que nunca recobraran la cordura. Y no me preguntéis a cuento de qué viene esto, porque es confidencial".

cap.11. La olla de Héctor Mature



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“El misterio de la oficina caoba” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.
By Víctor Martínez Martí @endegal Starring Joe Esparza @esparzacsic Léelo directamente desde tu Kindle