el misterio de la oficina caoba

El misterio de la oficina caoba

Capítulo 10

Departamento de Vídeo, Photoshop y Sonido

Por si no os habíais dado cuenta, sólo había una persona por departamento. No es de extrañar, puesto que en el CSIC se trabajaba de una manera muy estructurada y eficiente. Actualmente tiene 32 empleados y 47 departamentos, de los primeros hay 15 en prácticas y de los segundos no hay ninguno prescindible. Eso al menos es lo que dijo un consultor, y ya se sabe que los consultores invierten mucho tiempo analizando estas cosas a 120 euros la hora, por lo que algo de razón deben tener.


Una vez allí, Vicente Vázquez, colocó una cinta de vídeo y pulsó al Play con visible emoción.

—Échele un vistazo a esto.

—¿De dónde ha salido esta cinta?

—Es la cámara de seguridad del cajero automático del Santander-BBVA. Justo en frente de donde se produjo el estrellamiento. Lo ha filmado todo.

—Estupendo, estupendo... Eso reforzará nuestras teorías y resolverá algunas dudas. Retroceda hasta el momento del impacto.

Se vio entonces la caída, a cámara lenta, fotograma a fotograma. En realidad sólo se vieron dos fotogramas del impacto, ya que la resolución de la cámara no daba para más (un fotograma por segundo) y una caída suele ser muy rápida. Pero fue suficiente para ver al vampiro braceando, cayendo de pie y estampando sus piernas y su costado izquierdo sobre el asfalto. Lo cual encajaba con los datos forenses de Cristine.

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—Las cuatro y tres minutos de la madrugada.

—Bien. Ahora ya sabemos que estaba vivo antes de tocar el suelo. Como dijo Cristine, cayó de izquierdas, de pie, y acabó boca abajo. Las dos costillas hundidas de la derecha debió ser consecuencia de un golpe contundente antes de tirarle. Malatesta, estás bien jodido —farfulló—. Y alguien movió el cuerpo y lo puso boca arriba. Avance el vídeo y veamos quién...

El vídeo avanzó y lo detuvieron hasta que alguien pasó por delante y se agachó a observar. Marcaba las seis y cuarto de la madrugada.

—¿Quién demonios es ese tipo?

—No sé, cuesta distinguirlo.

—¿Puedes ampliar y limpiar la imagen?

—Hasta cierto punto. Esas cámaras tienen muy poca definición, están preparadas para enfocar la cara de los que están frente al cajero, y este suceso ocurre a la otra parte de la calle. Queda un poco lejos.

Tras un zoom y un par de filtros aplicados, Esparza pudo ver la imagen resultante.

—¿Sólo se puede ver así? Pues vaya mierda. Qué borroso, por Dios.

—¿Y qué esperaba? Esto es la vida real, no una serie de televisión. De dónde no hay no se puede sacar. Cuando saquen un Photoshop capaz de inventarse cosas con tal de ampliar con nitidez una imagen microscópica me avisa. Y si la inventada es realista, será el programa informático preferido de los astrólogos.

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—De todos modos, creo que sé quién es. Uniforme y en la mano una bolsa de donuts. Es el guardia de seguridad de la Buitrera. Se va a enterar.

—¿Un policía con donuts? Podría ser cualquiera.

—No creas, reconocería esos andares chulescos a dos kilómetros.

—Bueno, pero no ha hecho nada malo, ¿no? Ha llegado, ha mirado y ha seguido su camino.

—Sí, pero no ha informado del cadáver. Al agacharse pudo robarle algo, ocultar alguna prueba. Y lo que es peor, me ha mentido. Me dijo que no había visto el cadáver y que su itinerario no pasaba por ese callejón. ¿En qué otra cosa pudo haberme mentido?

—Vale, pero seguimos sin saber quién le dio la vuelta al cadáver y para qué.

—Avancemos un poco más en el tiempo y lo averiguaremos.

Tras pulsar el botón Fast Forward (que no Flash Forward), al cabo de un momento...

—Mira, ahí llega alguien, para.

Stop. Play. Se ve entonces a alguien menudo, encorvado, acercarse. Tantea con el pie primero. Por los aspavientos parece que le grita algo al vampiro. Se cabrea. Pataditas en plan levántate haragán. Se cabrea más. Le suelta una patada que hace levantarse dos palmos al cadáver del suelo. Le da otra patada y el cadáver se queda mirando al cielo. La pequeña figura observa, se retira un poco y coge el teléfono móvil. Parece una mujer de avanzada edad.

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—Creo que será difícil distinguir a este testigo.

—En absoluto. Mira la hora. Las ocho y ocho de la mañana. Aurelia Arteta. Fue ella quien dio el aviso. Una viejecita de armas tomar, por lo que parece. Esto explica las dos costillas hundidas.

—La madre que la parió, menuda patada le asesta la vieja.

—En la legión las dábamos más fuertes, créeme.

—¿La llamamos para interrogarla por este hecho?

—No, no hace falta... —resolvió Joe Esparza. Al fin y al cabo era una buena ciudadana y tenía la ligera sospecha que traerla a declarar al edificio del CSIC sería más desastroso que encerrar al Equipo A en un taller—. He oído la declaración inicial de la vieja. Coincide perfectamente con lo aquí visto, aunque esto parece un poco más bestia. Diría que esta señora es más comedida de palabra que de acto.

—Ya te digo. Recuérdame que no me quede dormido de acto si anda cerca esta señora. Y menos en el suelo.

De pronto irrumpió Ernest Esquerra, del departamento de informática, en la mano la nota impresa sobre Mr_Tepes y en la cara la expresión de quien se ha salvado del despido.

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“El misterio de la oficina caoba” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.
By Víctor Martínez Martí @endegal Starring Joe Esparza @esparzacsic Léelo directamente desde tu Kindle