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el misterio de la oficina caoba

El misterio de la oficina caoba

Capítulo 04

La Mediterranean

Es usted el gerente de la Seguros Mediterranean? —preguntó Esparza, enseñando su placa del CSIC.

—Marcelo Malatesta a su servicio. ¿Qué se le ofrece?

Era un tipo delgado, moreno, de ojos acerados y desconfiados. Pero si tenía algún rasgo distintivo era una cara profundamente marcada por la varicela.

—¿Conocía usted a Vladimir Petrescu, de la Peninsular?

—¿El chupasangre que se ha estrellado de morros contra el asfalto? Sí, nos hemos cruzado alguna vez en el ascensor.

—¿Cómo le va a su empresa, señor Malatesta?

—Perfectamente.

—No me han dicho a mí lo mismo.

—Tendrá que cambiar de informadores, entonces.

—Me han comentado que a la Peninsular le va bastante mejor desde que contrató al chupasangre.

—Es posible que le vaya mejor que antaño, lo cual no era complicado. Pero eso a nosotros no nos afecta.

—¿Está usted seguro?

—Seguro. Le veo agitado, señor...

—Joe Esparza.

—Señor Esparza, siéntese, por favor. ¿Le apetece un trago? —le dijo sirviéndole una copa con hielo y otra para él mismo. Sacó una botella y le preguntó con los ojos si era de su agrado.

—Bourbon, qué apropiado —observó Esparza, aceptando la invitación.

—Llámeme desconfiado, señor Esparza, pero me ha dado la sensación de que ha entrado usted aquí con la intención de endosarme un crimen.

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Tras sorber un trago, Esparza se sinceró sólo como una persona como él puede sincerarse con alguien que le invita a remojar el gaznate como Dios manda.

—No, para nada. Más bien quería saber su opinión sobre la Peninsular. Tengo la corazonada de que el asesino se esconde en esas oficinas.

—¿Sabe? Creo que me equivoqué con usted. Sin duda es más inteligente de lo que intuí a primera vista.

—¿Qué puede decirme del gerente de la Peninsular?

—¿Ramón Ramírez? Un perfecto imbécil, por supuesto, pero de eso ya se habrá dado usted cuenta. —Al oír esto, Joe Esparza sonrió—. Va por ahí de perdonavidas. Se cree el rey del mambo, pero no sabe ni hacer la O con un canuto. Me extraña que a estas alturas su empresa no haya echado ya el candado estando bajo su dirección.

—Ajá. ¿Tiene usted algo contra él?

—¿Yo? Para nada, al contrario. Mientras ese mentecato siga al mando de la competencia, no tenemos nada que temer. Él, sin embargo, tiene mil razones para odiarme, es evidente. Seguro que ya ha echado pestes sobre mí, apostaría mi mano derecha.

—Uhm, no sería inteligente por mi parte revelar testimonios, pero creo que conservaría su mano en caso de apostarla.

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—Ya sabía yo, la envidia le corroe. Debería usted presenciar las insanas miraditas que me lanzan él y sus pupilos en el ascensor. Entendería bien lo enfermamente obsesionado que están conmigo y con mi empresa. Están paranoicos.

—Conozco ese tipo de miraditas. Son peores que un escupitajo en la cara o una patada en los cojones. Deberían aprobar una ley contra ese tipo de agresiones psicológicas.

—Completamente de acuerdo con usted, señor Esparza. Silla eléctrica. No, mejor, cadena perpetua visionando películas de Joselito. Y visitas periódicas de Belén Esteban.

—Quizás eso sea un poco excesivo dentro de nuestro ámbito legal, pero sí, algo debería hacerse al respecto —convino—. Volviendo a la víctima en cuestión. ¿Cree usted que era bueno en su trabajo?

—Joder, por supuesto. Era un tío antipático, pero en lo suyo era de los mejores. Siendo un vampiro, su trabajo estaba chupado, ya me entiende.

—Muy ocurrente —le rió el chiste—. Oiga, ¿no intentaría usted ficharlo para su empresa, verdad?

—No. ¿Me convertiría eso en sospechoso?

—No más sospechoso que si descubro que me miente, créame. Ha desaparecido la agenda del señor Petrescu y actualmente estamos sacando las huellas de un vaso con restos de Bourbon. Entenderá usted que si son sus huellas las que hallamos en la oficina del chupasangre, me habrá usted mentido deliberadamente, lo cual le situaría en una posición bastante comprometida.

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—Entiendo. ¿Necesita algo más de mí? —dijo molesto Malatesta, invitándolo a marcharse.

Jota punto Esparza apuró la copa de un sorbo, se levantó en dirección a la salida, se colocó lentamente sus gafas de sol y agregó:

—Sólo una cosa más: no salga del país.

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By Víctor Martínez Martí @endegal Starring Joe Esparza @esparzacsic Léelo directamente desde tu Kindle