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el misterio de la oficina caoba

El misterio de la oficina caoba

Capítulo 12

Algo que ocultar

Al llegar Esparza al CSIC, se cruzó con Andrés, el de rastros y huellas, quien le preguntó por su visita al manicomio.

—Ah, ha sido una visita estupenda —le informó Esparza—. Estoy seguro de que me han puesto ya sobre la pista definitiva del asesino. Voy directo a ver a Ernest; tiene que localizarme a un tal Bigman. Amenazaba de muerte a Mr_Tepes en el foro ese de frikis de la economía. Como habrás observado, el propio nick "Bigman" indica un claro complejo de inferioridad. El mismo complejo que tendría un gnomo canijo como el que hemos visto en el ascensor y que es el claro asesino. Alguien que quisiera ser gigante y no es más que un miserable enano cromañón. Alguien que se sabe canijo en estatura pero se considera grande en inteligencia. Alguien capaz de pensar que puede disfrutar del software libre burlando a la ley. Alguien capaz de asesinar. Encontrar a Bigman tiene que ser nuestra prioridad máxima.

—Entonces la orden de registro a las oficinas de la Mediterranean, ¿la posponemos o la revocamos? Acaba de llegarnos la aprobación. Imagino que esto que comenta usted descarta de plano al señor Malatesta.

A Joe Esparza de pronto le sobrevino algo, como si se le hubiera aparecido la Virgen de Fátima o, en su defecto, Elsa Pataki con poca ropa y muchas ganas de armar jaleo en la suite de un hotel.

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—No, no... Espera... Por mis muertos que esa redada se lleva a cabo, e iré en persona. Andrés, disponlo todo, que nos vamos a la Mediterranean. El señor Bigman tendrá que esperar.

Poco después, en las oficinas de la Mediterranean, la imagen del momento era el vaivén de agentes del CSIC despejando la zona y revolviéndolo todo. Un Marcelo Malatesta fuera de sus casillas y un Joe Esparza en su salsa, disfrutando como un gorrino revolcándose en una pocilga llena de barro y excrementos.

—¡Señor Esparza, esto es intolerable! —chillaba el de tez morena y rostro surcado de agujeritos, que daba la casualidad de ser el máximo responsable de la Mediterranean y de tener el apellido Malatesta—. Creí que ya tenían todo lo que necesitaban de esta empresa y que no era necesario llegar a esto.

Joe Esparza apenas se inmutó por la entrada en cólera, al revés, sentía por dentro un regustirrinín placentero que tardaría al menos tres capítulos en olvidar.

—Oh, está usted en lo cierto, señor Malatesta —observó distraídamente, sin dirigirle la mirada que todavía vagueaba ausente entre los papeles que tenía en la mano—. Intenté anular esta orden de registro, ¿sabe? Pero no llegué a tiempo. Mis chicos son demasiado eficaces en su trabajo y la cursaron más rápido de lo que yo esperaba. El juez en cuestión tampoco se demoró demasiado en aprobarla dados los indicios claros que se le imputaban... Y claro, entenderá usted que cuando un juez dictamina una orden es conveniente llevarla a cabo. De lo contrario, si la revocáramos, la próxima vez no se nos tendría muy en cuenta y en este oficio es mejor que no le tomen a uno por el pito del sereno, ya me entiende.

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Malatesta apretó los puños con malicia e hizo un esfuerzo inhumano para no abalanzarse sobre el capitán Esparza y quebrarle el cuello. Quizás el donativo de dos mil y pico euros y la entrega voluntaria de cierta agenda tuvieran algo que ver en su estado de ánimo.

—Sí que ha funcionado bien el sistema judicial esta vez, sí... —escupió.

—Para que luego digan que los jueces se retrasan porque van saturados, ¿eh? La velocidad en persona. Bendita administración. —Siguió pasando papeles que simulaba revisar y al rato añadió—: Pues nada, no se preocupe. Lo haremos puramente rutinario, porque imagino que ya no tienen ustedes nada que ocultar, ¿verdad?

Joe esperó con los ojos una confirmación al respecto. Al cabecear Malatesta una negativa, prosiguió:

—Tampoco es plan de interferir mucho más en la normalidad de esta empresa. Al fin y al cabo sabemos el dinero y el prestigio que se puede perder por tonterías como ésta.

—Sí, por favor. No se demoren mucho —dijo el empresario echando espumarajos por la boca.

—Hablando de procedimientos rutinarios —añadió Esparza—, creo que debo entrevistar a su secretaria, aprovechando que nos viene de paso y si da la casualidad de que se encuentra aquí, ya que debería corroborar su versión de que anoche no salió usted de estas oficinas.

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—Claro, le llevaré con ella muy gustosamente —dijo con un rechinar de dientes que de ser de metal hubieran saltado más chispas que en una reunión de soldadores.

—Muchas gracias.

Malatesta le guió hasta un despacho adjunto, donde había una eficiente señorita tecleando en un portátil Macintosh blanco, de esos de la manzanita que son tan blanquitos, caros y cucos, lo que le recordó a Esparza dos cosas. La primera, que tenía que ir a comprarse el iPhone, la segunda, que tenía que ir a comprar condones. Ambas con urgencia.

—Clarisse, éste es el señor Esparza, del CSIC. Sé amable con él y atiende a sus preguntas.

—Será un placer, señor —dijo ella con naturalidad, como si aquel requerimiento no le hubiera sorprendido lo más mínimo.

—Bien, les dejo solos. Imagino que es lo conveniente en estos casos.

—Sí lo es, gracias —convino Joe.

Una vez librados de la compañía de Malatesta, Joe Esparza puso su escáner visual en marcha y analizó de cabo a rabo a la secretaria que se levantó de su silla y se sentó sobre la mesa. Empezó como era habitual por el busto, ya que es lo que más cerca queda de un observador; era generoso y bien redondeado, típico de una cirugía como Dios manda, que asomaba ligeramente entre los botones de una blusa de seda a punto de estallar empezando por los dos bultitos más pequeños que coronaban esos montes, o mejor dicho, esos balones de reglamento. Se fijó luego en las caderas, bien torneadas también, a juego con un trasero respingón enjaulado en una minifalda que por su tamaño más parecía un cinturón o, a lo sumo, una servilleta. Las piernas largas eran de escándalo. Sería una jamelga de metro ochenta sumando tacones. ¿Y qué había del rostro de esta espectacular señorita? Pues cabellos negros lisos largos y brillantes, recogidos por dos palillos chinos, de tez blanquecina, labios carnosos, rasgos simétricos y cincelados y, sobre todo, unos ojos azul aguamarina que invitaban a perderse en la inmensidad de su oleaje.
Oh, pensó Esparza en ese momento, soy un romántico empedernido. Tras haber descubierto una faceta de sí mismo que no conocía, el capitán del CSIC se quitó con lentitud sus gafas de sol, y concluyó que, tras este examen psicológico que tenía la obligación de hacer a todos los implicados en un asesinato, en resumen, la moza estaba de toma pan y moja.

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—¿Y bien, señor Esparza? —dijo aquélla, el objeto de estudio del capitán del CSIC mientras mordía sensiblemente el extremo de un bolígrafo—. ¿Por dónde empezamos?

El hombre de pelo pajizo reprimió la respuesta que estaba deseando decir, y dijo esto otro:

—Por una pregunta fácil. Su nombre completo.

—Clarisse de la Vega. De usted yo sólo sé su apellido, señor Esparza.

—Joe, mi nombre es Joe, para servirla a usted, señora de la Vega.

—Señorita. Y puede llamarme Clarisse.

—De acuerdo, Clarisse. ¿Dónde estaba usted anoche desde las dos a las seis de la madrugada?

—Aquí mismo en esta misma habitación.

—¿Horario nocturno?

—Sí, diez horas al día, de ocho de la tarde a seis de la mañana.

—¿No le incomoda ese horario?

—Bueno, soy un poco vampiresa, ya me entiende. La noche es mi aliada.

—Entiendo, entiendo —cabeceó ligeramente turbado pensando en mordiscos en distintas partes del cuerpo, cada cual más sensible—. ¿Y el señor Malatesta?

—También estuvo aquí a esas horas.

—¿Se refiere aquí en la Mediterranean o aquí en este despacho? —preguntó con cierto recochineo pensando en las posibilidades que ofrecían los distintos muebles de aquella estancia.

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—Oh, bueno, un rato aquí en mi despacho, otro en el pasillo y otro rato allí en el suyo.

Pensó entonces en las posibilidades que ofrecían los distintos muebles del despacho de Malatesta, así como el suelo enmoquetado, y gruñó en un ataque de celos, seguramente infundados.

—Y puede asegurar usted que su jefe no abandonó estas oficinas durante esas horas. Concretamente a las cuatro de la madrugada estaba aquí, ¿no es así?

—Puedo asegurarlo rotundamente, sí.

La voz era firme y segura, pero sus ojos decían otra cosa. Lo que era peor, las manos de Clarisse volaron raudas hacia el brazo de él apretando como un ave rapaz, con la fuerza de una desesperación que reafirmaba que Clarisse estaba lanzándole señales del tipo "Este despacho tiene oídos, no puedo ir en contra de mi jefe", o bien "Este despacho tiene oídos, no puedo decirte que quiero darte un revolcón". Fuera lo que fuese lo que empujaba la ansiedad de Clarisse (Esparza rezaba por la segunda opción), tenía una fácil solución y el capitán del CSIC la puso en práctica.

—Pues eso es todo, señorita Clarisse —le dijo—. Si por casualidad recordara algo sospechoso, no dude en llamarme. —Y le extendió su tarjeta personal.

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Ella sonrió satisfecha con el gesto. Recogió el testigo y dijo en voz bien clara:

—No creo que recuerde nada más, pero gracias.

—A usted, Clarisse. —Se dispuso a marcharse—. Señorita...

A mediodía, Joe Esparza se encontraba en un McDonald's, con dos hamburguesas ya bajo el brazo. Su teléfono móvil sonó insistentemente por tercera vez, posiblemente porque en la cutre pantalla aparece el nombre de Susana, su señora esposa. Hay teléfonos en los que puedes evitar que ciertos números de teléfono entren como llamada y devuelvan directamente un "teléfono apagado o fuera de cobertura", para los indeseables. Joe Esparza en momentos como aquél desearía tener uno de esos teléfonos modernos, aunque no podía permitirse uno de esos. Bueno, ahora sí podía permitírselo. Coño, tengo que ir a por el iPhone de una puta vez, pensó. De momento tendría que conformarse con el ladrillo que había estado teniendo por móvil los últimos años, así que, cargado de resignación, finalmente descolgó el teléfono.

—Hola, cariño.

—Te he estado llamando varias veces.

—Sí, ya lo he visto. Verás, estoy muy ocupado con un caso, no he podido contestar, Su.

(Nota del traductor: Su, es el apócope de Susana, sea lo que sea un apócope.)

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—¿Vienes hoy a comer?

—No, no puedo. Estoy en medio de una reunión y luego tengo que hacer un par de interrogatorios.

—Podrías haber avisado antes. Hace días que no comes en casa.

—Sí, ya lo sé, tengo mucho trabajo, ya lo sabes. —Tras una breve pausa, añadió—: Mira, Su, tengo que colgar, me están esperando.

—Está bien, haz lo que te dé la gana, como siempre.

—Yo también te quiero. Chao.

Tras colgar, guardó su teléfono y le dio un fuerte bocado a una de las hamburguesas. Sabrosa, pensó satisfecho por esos momentos de paz. Menos mal que existen buenos restaurantes donde comerse una buena hamburguesa a casi cualquier hora. Un bocado más y el teléfono volvió a sonar, insistente.

—Dita sea —masculló con cierto cabreo.

Que le molestasen en aquellos momentos de intimidad le hacía hervir la sangre. Como fuera otra vez su mujer, le diría las cosas bien claras. Pero el número que aparecía en la pantalla del teléfono no era el de Susana. De hecho no sabía de quién era.

—¿Sí?

—¿Señor Esparza? —una voz de mujer, ligeramente familiar.

—Depende. ¿Con quién hablo?

—Hola, capitán. Soy Clarisse de la Vega.

El semblante de Esparza cambió radicalmente, de la mala leche a una sonrisa de oreja a oreja.

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—Señorita Clarisse... ¿Necesita algo de mí?

—Oh, capitán, me dijo usted que si recordaba algo, que le llamara.

—¿Y ha recordado usted algo?

—Sí —le dijo—, pero no me gustaría decírselo por teléfono.

—Efectivamente, no es lo más conveniente. ¿Podemos vernos?

—¿Ha comido usted ya?

—No, no, en absoluto —dijo Esparza tirando sus hamburguesas en la papelera más cercana, emulando a las estrellas del baloncesto, con la excepción de que él ni encestó, ni fue a por el rebote—. Acabo de salir de una reunión y justo ahora tengo un momento libre.

—Oh, estupendo. No sé si es conveniente vernos ahora, ya que imagino que está fuera de su horario laboral, pero...

—No, no se preocupe. Mi horario es flexible en todos los sentidos.

—Estupendo, porque había pensado que podríamos comer juntos, aquí en mi casa, y le cuento los detalles con calma.

—Sí, será lo mejor. Deme su dirección y estaré allí en quince minutos —acordó mientras memorizaba aquel número.

Quince minutos y tres segundos después, el Hummer negro del CSIC entraba en una propiedad llamada "La Borrascosa". Un doberman enorme salió a recibirle enseñándole unos colmillos de espanto. De no haber estado dentro del coche, muy posiblemente se lo habría comido. El perraco pareció oír algo, acaso una orden, y se retiró rápidamente. Tras pasar el jardín y la piscina, en la puerta del chalet, le esperaba la espectacular Clarisse de la Vega, con las mismas curvas que recordaba, y quien le invitó a entrar. Menuda chabola, pensó Esparza cuando consiguió apartar la vista de semejante morenaza. Imaginó el sueldo de la señorita, y pensó otra vez que se había equivocado de profesión, aunque quizás el trabajo real de aquella vampiresa no era apto para hombres heterosexuales. No olió a comida, sino al perfume de Clarisse que empezaba a volverle loco, lo que para Esparza significaba que se reducían las posibilidades referentes al motivo que hasta allí le había llevado. Claro, la secretaria ni siquiera le había dicho por teléfono qué iban a comer, con lo que probablemente comer no iba a ser la intención y esperaba con ansia que charlar tampoco lo fuera. Tampoco él le había preguntado cuando aceptó la invitación, ciertamente. Entonces pensó que había hecho mal en tirar aquellas suculentas hamburguesas, pues seguramente su cuerpo de legionario intrépido necesitaría calorías en cantidades ingentes a partir de ese momento.

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Clarisse le llevó hasta la cocina, quizás con la idea de ahorrar tiempo y jugar con nata, miel, fresas, cubitos y cava.

—Siéntese aquí, señor Esparza —le indicó señalando una silla de diseño.

Tras obedecer aquél cual perrito faldero, la medio vampiresa sacó de la nevera una botella de cava que depositó sobre la mesa y sin mediar palabra desapareció contoneándose por la puerta. La imaginación de Esparza volaba por momentos, su corazón se aceleraba provocando un torrente que fluía hacia una parte muy concreta de su cuerpo mientras pensaba en la sorpresa que asomaría por esa puerta cuando volviera a abrirse.

Y pasados unos segundos efectivamente la puerta se abrió y la sorpresa fue mayúscula, pues jamás pensaría que aparecería...

—¡Marcelo Malatesta! —exclamó alterado—. ¿Qué coño hace usted aquí?

Le habían cortado el rollo muchas veces, pero como aquélla no recordaba ninguna. Toda la calentura se le fue como si le hubiera caído encima una tonelada de cubitos de hielo. Se levantó de la silla como si activara un resorte en sus posaderas. Al gerente de la Mediterranean le acompañaban dos gorilas trajeados y con gafas de sol de aspecto altamente intimidatorio, algo así como el Agente Smith, pero que parecían haberse caído de pequeños en una marmita de esteroides. Para postres, uno de ellos parecía semi orco, el otro tenía fijo genes de gigante. En cualquier caso, a ambos seguro que les habían hecho el traje a medida y habían usado mucha tela, y eso no era nada bueno.

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—No se moleste, Joe —le dijo con falsa calma el de la cara vulcanizada—. Necesitaba hablar con usted con tranquilidad.

—¡Maldito demente! ¿Qué es lo que pretende montando toda esta parafernalia?

—Hablarle claramente, maldito desgraciado. Habíamos hecho un trato. Aceptó usted un soborno de dos mil quinientos euros por no registrar mis oficinas y ha decidido joderme. En estos momentos sus hombres todavía están rebuscando la nada en mis oficinas. Toda la Buitrera ya se ha hecho eco y se comenta que soy sospechoso de asesinato.

Joe Esparza sabía que estaba en territorio ajeno, y que podían estar grabando aquella conversación, así que, aunque alterado por la situación, no perdió los papeles en ningún momento, y le replicó:

—No se invente historias, señor Malatesta. No he aceptado ningún tipo de soborno en mi vida y no pienso hacerlo por una alimaña como usted. Y menos por dos mil quinientos cochinos euros. ¿Por quién me toma, por un desarrapado? Encontramos sus huellas en una botella de Bourbon que se encontraba en las oficinas de la competencia, en la misma estancia donde, oh, qué curioso, se produjo el asesinato de una persona. Y usted, temblando de miedo vino a mi despacho del CSIC a ofrecerme la agenda de la víctima que, casualmente, se hallaba en su poder a cambio de evitar un registro. Ya habíamos cursado la orden de registro, y creo que con acierto, visto el empeño que tiene usted en ocultar algo.

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—Señor Esparza, mi preocupación para con usted no se debe a ocultar nada, pues todo lo que tenía que ocultar ya se lo ofrecí de buen grado, sino por su falta de honorabilidad al no cumplir un pacto que yo estimé entre caballeros y por el inusitado interés que están teniendo sus hombres en alargar hasta lo indecible un absurdo registro que pone en serias dificultades a la empresa que dirijo. Se ha metido estúpidamente en un buen lío con todo este asunto —le dijo Malatesta acercándosele peligrosamente y apuntándole con el dedo.

—¡No me amenace con sus imitaciones baratas de Al Capone! ¡No sabe con quién habla! —dijo echando mano al interior de su chaqueta.

—Sí que lo sé. Es usted un ex legionario, ¿verdad? Melilla, para más señas. Sé donde vive y dónde trabaja. Conozco a su mujer. Y sé que tiene usted problemas de próstata. —Esta última revelación hizo verdadera mella en su destinatario que no pudo disimular una nerviosa mueca—. Como ve, me gusta saber con quién hago tratos.

—Usted no ha hecho ni hará jamás tratos conmigo, miserable gusano. Y no aguanto las amenazas. Así que mejor será que usted y sus dos eunucos de circo me dejen salir o tendré que hacer uso de la fuerza bruta.

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Viniendo esas palabras de un canijo como Esparza, que con alzas quizás llegaba al metro sesenta, hizo que sonaran las carcajadas más sonoras, y los dos gorilas, en medio del descojone global, hicieron crujir sus nudillos con una malicia tal que sonaron como si alguien estuviera triturando rocas, porque el adjetivo de eunucos en realidad les había puesto de mala uva, y este tipo de personas no son de las que esperan a tener un motivo razonable para partirle la cara a alguien. Se acercaron al capitán del CSIC con la confianza que da el triplicar en número las fuerzas del enemigo, y de multiplicar por diez los kilos y posiblemente también los centímetros implicados en la trifulca.

Joe Esparza, que todavía le recuerdan en la legión como "el maldito enano cabrón", le asestó tremenda patada en los huevos al gigantón, que éste hubiera preferido ser mil veces el eunuco mentado anteriormente antes que sufrir aquel dolor insoportable en sus bajos. Todavía estaba cayendo con las rodillas bien juntitas cuando el capitán del CSIC lanzó su teléfono móvil en la cara del semiorco. El impacto le rompió las gafas de sol y le aturdió apenas un segundo, el suficiente para que Esparza alcanzara la botella de cava brut sobre la mesa y se la estrellara en los morros.

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Malatesta vio como en un pispás sus dos gorilas estaban ocupándose, uno de su fea cara y el otro de sus gigantes pelotas. Su primer impulso fue abalanzarse contra Esparza, pero el menudo de pelo pajizo sacó un bonito Colt plateado, casi más grande que él y le plantó el cañón en la cara.

—¡Alégrame el día! —le dijo en un tono que hubiera acojonado al grandísimo Clint Eastwood.

Malatesta no puso precisamente cara de asustado, más bien esbozó una falsa sonrisa, como si estuviese acostumbrado a ese tipo de situaciones, pero no opuso resistencia alguna.

—Señor Esparza del CSIC, como bien le había dicho, sólo quería entablar una conversación entre caballeros. Aunque si usted prefiere declinar mi invitación, no se lo voy a tener en cuenta esta vez.

Malatesta se apartó lentamente, dejando vía libre al bueno de Joe para permitirle salir de allí.

—Pues claro que la declino, pedazo de anormal. Cuando se aburra, busque a otro para hablar, no me haga perder el tiempo con sus chorradas.

Esparza salió de allí mirando de reojo, no fuera que hubieran más sorpresas inesperadas. En la puerta, se cruzó con Clarisse de la Vega, que acariciaba el cogote de su doberman, el cual miraba al del CSIC con cierto desdén. Como no pareció que la intención de la secretaria fuera la de echarle al chucho, Esparza se puso sus gafas de sol con tranquilidad taimada y se despidió de ella.

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—A más ver, señorita. No puedo decir que haya sido un placer.

A las cuatro de la tarde, en su Hummer negro, con el corazón todavía a cien por hora, después de jalarse con cierta intranquilidad dos magníficas pero poco disfrutadas hamburguesas que tuvo que comprarse de nuevo y con el café del McAuto ardiendo entre los labios, Joe Esparza reflexionaba sobre los reveses de la vida. Aquel encontronazo con Marcelo Malatesta y sus lacayos le había dejado muy jodido, sobre todo porque la visita al chalet de Maciza Clarisse prometía una cosa bien distinta de lo que allí se había cocinado. Se le había quedado un mal cuerpo que ni el José Coronado tras una semana sin Activias (o la tipa ésta de Aída, que para el caso, monta tanto).

De pronto, el móvil de Joe Esparza volvió a sonar. El número ya estaba registrado, por lo que apareció en la pantalla el nombre Clarisse. Descolgó con rabia. Se iba a enterar.

—¡Zorra implacable! ¿Qué quieres ahora? ¿Reírte de mí? —la voz de Joe Esparza era firme. No podía tolerar otro insulto a su inteligencia. Que le hubieran cazado así le llenaba de furia.

—Primeramente, quisiera disculparme, señor Esparza —dijo la sensual voz de Clarisse—. Entiendo su malestar conmigo.

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—¿Entiendes? ¿Entiendes? —Casi chillaba.

—Verá... No fue mi intención. Estaba... Uh, no sé como decirlo suavemente... Vamos, que no obré por voluntad propia, no sé si me explico bien.

—¿Fue usted coaccionada? —el tono de voz de Esparza se suavizó considerablemente, albergando la duda.

—Ah, sí, ése debe ser el tecnicismo apropiado. No sabía tampoco que el asunto se complicaría tanto... No sabe cuánto siento lo ocurrido. Verá, me incomoda hablar de esto por teléfono. Si no ha tomado usted café todavía, podría acercarse por mi casa y podríamos charlar sobre este tema y sobre lo que me acordé justamente cuando se fue de nuestras oficinas, de lo que pasó exactamente a las cuatro de la madrugada de ayer, ya sabe usted dónde. Puedo... —en el más puro estilo teleoperadora erótica—. Puedo compensarle por los agravios acaecidos sobre usted hoy mismo. Quisiera... Em... Compensarle gratamente cuanto antes.

La mano que sujetaba el café ardiendo le tembló al oír esto y le cayó la taza sobre los pantalones, empapando su delicada piel como el magma empaparía unos periódicos viejos.

—¡Maldita sea! —exclamó mientras intentaba sofocar el ardor de su entrepierna.

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—¿Ocurre algo? —se oyó al otro lado del teléfono.

—No, nada, nada... —se excusó Esparza. Me ha surgido un imprevisto.

—¿Entonces?

—No se preocupe —le dijo, y haciendo cábalas mentales zanjó la cita—. Vaya usted haciendo el café. En treinta minutos estoy ahí.

Treinta minutos y dos segundos después, el Hummer del CSIC entraba en las propiedades de "La Borrascosa" por segunda vez en ese día. Había tardado quince minutos en llegar primero a su casa, decir "Hola, cariño, tengo un testigo importante esperándome, tengo mucha prisa", cambiarse de pantalones, ponerse encima medio litro de perfume, coger un paquete de chicles de menta, decir "Adiós, cariño, no me esperes a cenar" y salir quemando rueda. Susana imaginaba que ese testigo era una mujer, ya que por un hombre no se habría cambiado su marido los pantalones, mucho menos los calzoncillos.

En la entrada de La Borrascosa, ya no le esperaba el maldito chucho, sólo la figura de la imponente Clarisse, con el rostro compungido. En verdad parecía arrepentida por lo recientemente acaecido en aquel mismo lugar. Joe Esparza bajó del coche aparentemente tranquilo, aunque su visión periférica estaba alerta en busca de perros de presa y enormes gorilas trajeados. No. Definitivamente ningún animal a la vista. Todo parecía en orden. Se aproximó a su anfitriona.

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—Señor Esparza, le reitero mis más sinceras disculpas. Espero que sepa usted perdonarme.

—Eso dependerá de cómo transcurra la tarde —dijo haciéndose el duro.

—Oh, claro. Haga usted el favor de seguirme ­—le invitó.

No olía a café recién hecho. Esparza ya no sabía si interpretar eso como una buena señal. Llegaron a la cocina. Hizo sentarse al capitán del CSIC en la misma silla de hacía un rato y se inclinó hacia él.

—¿Cómo le gusta? —le preguntó.

—¿Cómo? —repreguntó descolocado.

—El café. Que cómo le gusta. ¿Sólo? ¿Descafeinado? ¿Forte? ¿Ristretto? ¿Poleo menta?

—No, sólo no. Mejor acompañado. Carajillo normal, con coñac, si es usted tan amable.

Clarisse rebuscó en un cajón cercano al suelo y después de asomarle su trasero respingón a su invitado, sacó una pastillita de color negro. La metió en lo que a Esparza le había parecido una figurita de muy mal gusto, pero que resultó ser una cafetera de diseño de esas que aceptan monodosis, de esas que acabaron con los cafés de los bares y, lo que es peor, con las míticas cafeteras de doce tazas de aluminio colado. Pronto salió un café y Clarisse sacó una botella de Courvoisier Napoleón. Esparza se quedó mirando la botella, pensando dónde carajo estaba la botella de Terry de toda la vida. Su teoría del caos y de los borregos depilados en Alabama le vino inmediatamente a la cabeza.

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—¿Por dónde podría empezar? —dijo Clarisse.

—Por donde usted estime oportuno, señorita de La Vega.

—Clarisse, por favor.

—Clarisse —se auto corrigió rápidamente—. Dijo usted que la coaccionaron para hacerme venir aquí y tenderme así una vil trampa con el fin de amedrentarme con unos matones sacados de un cómic de Frank Miller.

—Oh, sí, eso es. Los despachos de la Mediterranean tienen micrófonos. Cuando mi jefe se enteró de que me había dado su tarjeta con el riesgo de que pudiéramos entrevistarnos fuera de sus dominios, vino a mí y me dio instrucciones precisas.

—Y usted accedió, claro.

—¿Y qué podía hacer? —casi sollozaba—. Sólo soy una simple secretaria y Marcelo puede despedirme en cualquier momento. Tal y como está el empleo últimamente, no puedo permitirme el lujo de desobedecer órdenes de mi jefe... De ningún tipo... Ya me entiende...

—¿Qué insinúa? ¿Qué más cosas le obliga a hacer?

—Oh, cosas de las que no me siento orgullosa... —ahora sí sollozaba—. Cosas... indecentes. ¡Si usted supiera!

Esparza se levantó de aquella silla y se acercó a ella con un pañuelo en la mano, como haría un perfecto caballero. No podía tolerar que esos pozos sin fondo se quedaran sin lágrimas, máxime si su dueña estaba tan buena como la señorita De La Vega.

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—Tranquílicese, Clarisse —le dijo en voz baja—. Estas cosas ocurren más a menudo de lo que parece.

No obstante, en el CSIC no ocurría suficientemente a menudo este tipo de cosas para su desgracia, si no, ya hubiera caído Cristine tiempo ha. Clarisse obvió el pañuelo tendido y prefirió secarse las lágrimas en las hombreras de la americana de Esparza, abrazándole desconsolada. Al estar tan emocionada, no se percató que sus senos empitonaban al capitán del CSIC a quien este hecho no le pasó en absoluto desapercibido, ni tampoco a su miembro viril que pareció despertar de repente.

—Ya sé que soy una tonta, pero estos años al servicio de Marcelo me han hecho tanto daño... —le susurró al oído y Esparza notaba que el cálido aliento le erizaba los pelillos de la oreja derecha y otra cosa también, de paso.

—No se preocupe, Clarisse. Marcelo Malatesta lo pagará caro, se lo prom... meto.

La interrupción la había provocado Clarisse que, al parecer, en su estado de vulnerabilidad máxima tampoco se había dado cuenta de que había rozado sin querer con su rodilla algo muy duro cerca de la bragueta del capitán del CSIC quien, de nuevo, sí fue misteriosamente muy consciente de ello. Con toda seguridad Clarisse habría dado por sentado que se trataba del duro móvil que tan bien sabía lanzar el bueno de Joe a la cabeza de quien le amenazara, o bien podría ser el enorme llavero del enorme Hummer que tenía aparcado en la puerta. O quizás el enorme cañón del Colt plateado. En cualquier caso, no le dio demasiada importancia, porque de lo contrario habría cesado inmediatamente la presión, avergonzada, como habría hecho cualquier señorita educada.

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Cuando Esparza no podía más y sus dos cabezas empezaban a competir en dimensiones, ella acercó sus carnosos labios a los de él a una distancia máxima de uno coma tres milímetros, seguramente para que la comunicación entre dos personas fuera idónea y su interlocutor pudiera leerlos sin dificultad, y le susurró:

—Muchas gracias...

Esparza no aguantó más y la besó amarrándola como un pulpo se amarraría a una pulpa con todas sus ventosas, y ella le apartó sorprendida como si no fuera con ella la cosa. Pero pronto se dejó llevar e hizo lo propio y lo esperado. Como dos gatos en celo empezaron a vaciar de trastos la mesa de la cocina y allá que se fueron a tomar por saco las tazas, el café, el azúcar, el Napoleón y los regimientos gabachos que se les hubieran puesto por delante. A Esparza le faltaban manos ante tanta curva, tanto valle y tanto montículo. Lo que tenía entre manos era peor que la etapa reina del Tour de Francia, si acaso más placentero, pero no menos agotador a juzgar por los sudores y la tensión. Cuando le quitó la blusa y el sostén aparecieron ante él dos poderosas razones dignas de ser estrujadas. Juró por lo más sagrado que tirarían más que cien carretas, y él iba más lanzado que mil cañones por banda y viento en popa a toda vela. No era creyente, pero aún así, se santiguó, dio gracias por los alimentos que iba a tomar y se puso manos a la obra. Ella no se quedó corta, pues realizó mejores juegos de manos que Juan Tamarit en sus buenos tiempos, y como buena vampiresa mordisqueó hábilmente las partes más sensibles de su amante mientras le arañaba el pecho y la cara con cierto frenesí. A punto de estallar Esparza, ella se apartó momentáneamente, se colocó la blusa a medio abrochar, unas gafas de pasta negras y pulsó las teclas apropiadas con la mano experta de una buena mecanógrafa, con varios años a sus espaldas y a sus delanteras como secretaria de lujo, quedaba patente que se las sabía todas.

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Aquello fue lo más para Esparza y se derramó dentro de ningún sitio. Más bien fuera, poniendo todo perdido, sobre todo la blusa de la secretaria que no estaba tomando notas precisamente ni atendiendo al teléfono. No podría decirse que no se lo hubiera pasado en grande, porque momentos así son de los que uno no olvida en años y sirven de apoyo moral en esos otros momentos, los de soledad y de vacas flacas; pero con ese orgasmo se acabó la fiesta y pronto, pues Esparza era de gatillo fácil y la vampiresa pareció por ello algo defraudada, como si estuviera acostumbrada a lides mayores y sesiones maratonianas. Peor, le dijo a Esparza algo así como que sentía lo ocurrido y que ambos se habían excedido en entusiasmo, que aquello no estaba bien, etc, etc. Parecía que intentaba excusarle. ¡Estaba siendo condescendiente con él! Y Esparza se quedó con cara de "¿Pero qué coño...?" (Coño que no había catado, por cierto). Con todo, le pudieron los nervios y la vergüenza, y supo que su ánimo ya no levantaría cabeza. Eso, y siendo Esparza de la raza de los hombres masculinos, que cuando se acaban una cena no se quedan a la tertulia de sobremesa, se vistió pronto y se marchó. Esta vez sí había sido un verdadero placer, pero, maldita sea, le supo a poco. Como hubiera dicho Bilbo Bolsón, demasiado pan para tan poca mantequilla.

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Más tarde se aclararon muchas cosas sobre el ajetreado día y no por ello le parecieron menos enrevesadas ni tampoco auguraban que el resto de la jornada acabase más tranquila. De hecho, todo lo contrario. El caso es que empezó bien, comprándose finalmente el esperado iPhone en un contrato de esclavitud con cierta compañía de telefonía móvil que no viene a cuento, pero que para el caso igual daría que tuviera por color corporativo el azul o el carmesí.

Volvió a llamarle Clarisse mientras copiaba los contactos de su antiguo teléfono uno a uno y del susto el móvil se le resbaló de las manos, cayéndole encima de la mesa de aquel bar dónde se estaba tomando pacíficamente una caña. Cuando fue a descolgar observó que la caída de quince, veinte centímetros a lo sumo, le había quebrado la pantalla de su flamante móvil.

—¡Ni un párrafo me ha durado el muy cabrón! —vociferó muy enfadado.

Comprobó que, a pesar de la grieta, la pantalla no _resistiva_ del iPhone, sino _capacitiva_, respondía bien. Por lo menos, de momento, podía descolgar y atender a Clarisse.

(Nota del traductor: nótese la cursiva aplicada por el autor en la frase anterior que denota cierto recochineo ya que, en su idioma original, hace un juego de palabras. Resistiva, en el campo de las pantallas táctiles, se aplica a aquéllas que necesitan la presión de los dedos para funcionar. Las capacitivas, como en el caso del iPhone, usan otros medios técnicos para detectar la posición de los dedos que yo como humilde traductor soy incapaz de explicar porque soy de letras. Pero el caso es que cuando el autor dice "no resistiva" viene a decir que resiste poco, de ahí que se haya roto fácilmente. Intuyo que el autor pudiera haber tenido una experiencia similar en la vida real y ha plasmado toda su mala leche en esta escena, completamente ajena a la trama de la novela y claramente metida con calzador.)

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Tras hablar con Clarisse, volvieron a quedar para verse y tomar otro café, pero esta vez lo hicieron en un lugar público y concurrido, en un Starbuck's de un centro comercial. De nuevo a Esparza la imaginación le fue a mil por hora y pensó que todo esto era normal dado que su sex appeal era irresistible. El hecho de no quedar en casa de ella implicaba que sólo iban a charlar y que no habría sexo hasta más tarde. Mejor, pensó Joe. Porque no había pasado tiempo suficiente para recargar baterías y munición. Como buen torero necesitaba estar en plenas facultades, tener el traje de luces impecable y la espada bien afilada para enfrentarse de nuevo a una corrida monumental. Antes de llegar se jaló dos plátanos, como haría Rafa Nadal durante un partido importante.

Cuando la tuvo delante casi no la reconoció. El pelo lo llevaba suelto, un bonete y unas gafas de sol que le cubrían bastante el rostro. Una chaqueta y un pantalón falda intentaban ocultar con cierto éxito sus prominentes curvas. Era, en cierto modo, apropiado. No resultaba conveniente que alguien les reconociera y pudiera imaginarse que capitán del CSIC y una mujer relacionada con el caso que investigaba pudieran estar liados, porque podría costarle el cargo. Así de chungas estaban y están las cosas con la legislación de este país, que uno no puede conocer gente en el trabajo y tener algo de sexo cordial y desestresante sin que a uno le eche el ojo la justicia y le caiga como una gorda, con todo el peso de la ley, para que luego digan que está ciega, la muy jodía (en esto último la justicia se parece mucho al Lionel Luthor de Smallville). Ni se mente el sexo de gerentes con empleados, ni investigadores con testigos, ni guardias con presidiarios, ni maestros con alumnos, ni adultos con adolescentes, ni solteros con casados. ¡Prejuicios! ¡Malditos prejuicios! Eso sí, si consigues que se enteren solamente tus colegas eres el rey del mambo durante mucho tiempo. Es lo que tienen las leyes, la moralidad y el disfrute, que a veces resultan contradictorias. No hay mayor placer que jugar al límite de las normas y traspasarlo de tanto en tanto, para que, cuando te pillen, poder decir que las leyes están mal y que habría que cambiarlas a nuestra conveniencia. (Nota del autor: Un profesor mío de dibujo técnico decía que las reglas están para saltárselas, aunque el muy cabrón no opinaba lo mismo cuando me salté sus reglas en un examen para aplicar simple y llanamente lo que ponía en el libro y que, a la postre, era lo correcto. Entonces ya no le hacía gracia ni soltaba chascarrillos normativos, prefirió cabrearse conmigo, mentar a mi abuelita y despacharme de su despacho (valga la redundancia) mientras vociferaba a los cuatro vientos que cuando yo diera clases particulares de dibujo técnico que le llamara, que muy gustosamente me pagaría por ellas. Salí de aquella corrección de examen sin saber la nota que le iba a dar la gana ponerme el susodicho individuo. Después resultó que a pesar de todos esos tachones en Jumbo rojo que hizo sobre mi examen, me puso un notable. Quizá porque en el fondo, muy en el fondo, él sabía que yo tenía razón y que yo podría plantear el asunto a Jefatura de Estudios y ponerme más pesado que los del Actimel o los de la Cuenta Naranja. Sí, después de todo debería llamarle y darle clases particulares, es posible que aprenda algo, si acaso un poquito de humildad.)

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¿Por dónde iba? Ah, sí, eso: lugar, Starbuck's, Esparza y Clarisse, no me perdáis el hilo de la historia que viene lo bueno. El sufrido Esparza saludó cordialmente a Clarisse, aunque ésta le devolvió el saludo de una manera bastante seca y cortante. Mal asunto. ¿Acaso aquella cita era para dejar las cosas claras y esas cosas claras eran que habían cometido un error y que de meter nada de nada? ¿O era una simple pose para no levantar sospechas? A Esparza el ambiente le olía a chamusquina, quizá en parte se debiera a que un empleado del Pans & Company de al lado había olvidado poner el termostato del horno en una posición menos agresiva.

—¿Ocurre algo, señorita Clarisse? Espero no haberla ofendido en algo —tanteó el panorama.

—No quiero llevarle a conclusiones erróneas, señor Esparza. Vamos a dejar una cosa clara; esta reunión no va a serle muy placentera.

Esparza se revolvió inquieto y oteó alrededor buscando a Malatesta y a sus matones. Los pelos de la nuca se le erizaron y sus tripas se arrugaron como papel vegetal.

—No los encontrará —le dijo ella, leyéndole claramente el pensamiento—. Esto no va con ellos, bien se lo aseguro.

—¿De qué va todo esto? —le preguntó él, ya visiblemente mosqueado. La cosa no pintaba nada bien y algo le decía en su interior que iba a arrepentirse de haber conocido a la señorita de La Vega.

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—Verá, señor Esparza, usted sabe tanto como yo que no es conveniente que dos personas como nosotros mantengan relaciones sexuales. Me pilló usted en una situación emocional bastante inestable, muy vulnerable, vencida y humillada y se aprovechó de mí sin escrúpulos ni miramientos, lo que no es propio de alguien que está llevando a cabo una investigación criminal, ¿no le parece?

—¿Qué diablos se propone con todo esto? —Una vena en la sien salió a relucir en el acalorado rostro del capitán del CSIC. Cosa que a su interlocutora no pareció afectarle en demasía.

—Tengo un sueldo muy bajo para trabajar en La Buitrera, ya sabe. Mis cuatro mil quinientos euros mensuales apenas cubren mis necesidades básicas. —A Esparza le revolvió el estómago la cifra, casi tanto como lo que venía a continuación—. Y a usted no le conviene que se sepa que ha mantenido relaciones sexuales conmigo, que abordó mi casa con la excusa de obtener un testimonio y me forzó.

—¡Eso es mentira y lo negaré todo! ¡Todo! Es la palabra del capitán del CSIC, que tiene un historial impecable contra la de la fulana de Malatesta. Acabará usted en la cárcel por perjurio y falso testimonio. Ni se atreva o lo pagará caro. ¡No sabe con quién se la está jugando, señorita!

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Mas a la señorita (por llamarla de algún modo) De La Vega no pareció inmutarse por la reacción de Esparza.

—Usted podrá decir misa y ser más santo que los trece apóstoles vampíricos, pero da la casualidad de que en mi blusa hay suficiente material genético suyo como para superar en número al ejército de los clones blanquitos del Imperio Contraataca. Creo que la mesa y el suelo también sufrieron una lluvia desagradable que todavía no he podido limpiar. Pelos suyos, huellas suyas, epiteliales... Me defendí de usted con uñas y dientes, ¿recuerda? En su propia cara tiene mis heridas defensivas. Vamos, usted sabe mejor que yo cómo va esto, no hace falta que se lo explique, ¿verdad?

Entonces le vino a la mente de Esparza la gran frase que dijo una vez una tal Catalina: "Si las putas fueran barcos, ésta sería la Armada Invencible".

—Por tanto, podemos hacer un trato conveniente para ambos —prosiguió la presunta víctima de violación—. Yo le entrego mi maravillosa blusa sin lavar y usted a cambio me da unos quince mil euros para salir del paso. Usted conserva su cutre trabajo, su cutre matrimonio y su inmaculado expediente mientras que mi economía, víctima de la crisis, respira un poco hasta fin de año. Yo lo veo un trato justo. ¿Qué le parece?

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En condiciones normales Joe Esparza, ex legionario, le hubiera arrancado los ojos con la cucharilla chunga de café del StarBucks (que ni es cucharilla ni es nada), pero su sentido común le traicionaba, diciéndole que eso empeoraría más las cosas, si es que eso era posible.

—No se preocupe —le dijo ella, levantándose—. Tiene de tiempo hasta mañana para contestar a mi proposición. Entiendo que estas cosas deben consultarse con la almohada, que así de sopetón a uno igual le descoloca y el cerebro no rige bien. Yo me voy, que llego tarde al trabajo. Que descanse usted, señor Esparza.

Y así se fue, tan tranquila, sin beberse el café que había pedido y, lo que es peor, sin haberlo pagado, dejando a Esparza con un cabreo de mil pares de cojones, una cuenta, la pantalla del iPhone roto y, lo peor, el orgullo del legionario bien tocado.

—No sabes con quién te has metido, guapa —masculló éste.

Su próxima parada fue la carnicería del Carrefour. Estaba lleno de ira. Y tenía un plan.

La noche se había cernido sobre la ciudad. A las afueras, en un camino rural, una sombra vestida de negro al más puro estilo ninja encapuchado se colocó en el ángulo muerto de una cámara de seguridad hasta acercarse a ella lo suficiente como para rociarla con spray. Saltó el muro de la propiedad privada y cortó convenientemente unos cables con una cizalla. Joe Esparza estaba ya dentro de "La Borrascosa" y estaba cabreado. Muy cabreado. Sabía que Clarisse trabajaba de noche, como las señoritas de mala condición (una de las cuales debía ser la madre de la susodicha), y no estaría en su chalet en aquellos momentos. Al poco, oyó el característico sonido de un animal con uñas y pezuñas a la carrera sobre la grava, hacia él, acompañado de unos gruñidos poco amigables. Esparza echó mano de su mochila al ver al doberman con espuma en la boca, a punto de saltar sobre él. Recordaba perfectamente aquel episodio de Los Cazadores de Mitos donde los audaces presentadores ponían a prueba las mil argucias para inutilizar a un perro guardián. Probaron incluso con orín de perra en celo, apelando a los instintos más básicos del animal para intentar distraerle, pero lo único que consiguió calmar al chucho de verdad era un instinto todavía más primario que el sexo. Recordando esa sabia lección televisiva, sacó entonces Esparza de su mochila su arma secreta, un buen filete de ternera, y se lo lanzó en los morros. El chucho se quedó medio segundo sorprendido, pues no esperaba tal situación, pero pronto decidió que la ternera estaría más sabrosa que el escuálido capitán del CSIC, así que se abalanzó sobre el pedazo de carne y le lanzó a Esparza una mirada que decía "¡Gracias!".

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—De nada, perraco —murmuró el del pelo pajizo con satisfacción.

Recordó a su mujer dándole la brasa, diciéndole que eso de Los Cazadores de Mitos era una somera chorrada y una gran pérdida de tiempo. Ojalá Susana pudiera verle ahora; le daría la razón a él. Aunque bien pensado, mejor que no le viera en aquellas circunstancias, pues tendría que explicarle demasiadas cosas y ya sabía por experiencia que Susana era una mujer muy poco comprensiva, más dada a los berridos que al diálogo civilizado.

Olvidando a su parienta, pronto llegó a la puerta principal. Sacó su juego de ganzúas y en un tris logró abrirla. Una vez dentro, visualizó el panel de alarma. Sólo tenía que introducir la contraseña numérica. Sólo cuatro cifras. Sacó su linterna de luz negra (en realidad era de rayos ultravioleta, aunque luz negra suena más guay y confusamente contradictorio) y enfocó el teclado numérico. Ya se sabe que este tipo de luz revela un sinfín de cosas, sólo hay que ver las series tipo CSI: semen, sangre, tinta invisible, marcas de agua, caspa, cocaína, polvillo de viagra, pis, bolitas de moco resecas, pedos suspendidos en el aire y cerumen de las orejas, por mencionar las pruebas delictivas más comunes. Pues en este caso resaltó las teclas más pulsadas, seguramente porque estas teclas tenían una mayor cantidad de producto cosmético adherido, ya fueran cremas, desmaquilladores, babas de caracol o jugo de pepino. Esparza esperaba que siendo las mujeres tan poco dadas a los cacharros tecnológicos, los números elegidos serían de lo más obvios. Esperó ver las teclas uno, dos, tres y cuatro, o las correspondientes a la fecha de nacimiento de Clarisse que ya se sabía de antemano, pero se encontró sólo con dos teclas: el seis y el nueve. Aunque parezca mentira, las linternas de luz negra no revelan el orden de pulsación de las teclas, pero Esparza lo vio claro. Así que pulsó 6969 y el cacharrito le indicó que acertó de pleno.

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De este modo pudo deambular libremente por la casa. Entró a la cocina y ya estaba limpia y en orden. Sonrió. Sin duda Clarisse estaba tan convencida de que acataría el chantaje que prefirió dejar la casa en condiciones por si tenía invitados, dejando como única prueba la blusa salpicada de material genético viril de primera calidad. Eso quería decir que podría ser suficiente con el Plan A: encontrar la puñetera blusa y salir de allí por patas, aunque tenía que reconocerse ciertas ganas de ejecutar el Plan B, que no voy a relatar porque no viene a cuento y, de paso, para joder un poco.

Empezó a buscar a tientas por la casa, en rápidas ojeadas por si el exceso de confianza le hubiera hecho dejar a la vista tamaño tesoro. Pero no, era de esperar que su pulcritud le impidiera dejar por ahí la ropa sucia, y siendo coherentes, debería de estar en un lugar fuera del alcance de las visitas. Eso le llevó directamente al dormitorio. Rebuscó en los cajones, pero sólo encontró ropa interior confeccionada con poca tela y mucha puntilla y encaje (que olió profundamente para concentrarse en su trabajo) y una amplia gama de juguetes a pilas que procuró no tocar aunque no pudo ocultar su creciente excitación. Ante él se hallaba el peor invento de la humanidad, esos objetos que hacían más independientes a las mujeres y que los hombres jamás podrían superar ni en placer ni en duración de las baterías. Objetos del demonio que fomentaban el lesbianismo, una práctica totalmente inmoral a menos que un hombre (y sólo uno, por favor) pudiera participar.

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El capitán del CSIC apretó los ojos y sacudió la cabeza, alejando pensamientos fuera de lugar. Céntrate en el puto trabajo, Esparza, se forzó a decir en voz alta.

Abrió el armario y sólo vio vestidos, a cual más provocativo. Claro, razonó, su alcoba sí está al alcance de sus visitas, tanto o más que el salón o la cocina. Se maldijo por estúpido, tenía que buscar algún cuartito apartado, un sótano, una buhardilla. Sin embargo, se percató de una cosa, casi por casualidad, y es que el fondo del armario no parecía casar con la profundidad que desde fuera aparentaba. Palpó por dentro en busca de resortes o muescas y pronto encontró algo que hizo clac. Sacó de allí toda la ropa que le molestaba y abrió la puerta del doble fondo, descubriéndose así el mayor alijo que podría atesorar una zorra astuta como Clarisse de la Vega.

Ante él estaba no sólo la blusa que buscaba, una blusa blanca en una percha embolsada con plástico transparente, con una etiqueta perfectamente rotulada con "Joe Esparza - CSIC", sino también unas cuantas blusas más, de diversos colores, todas de seda, con unas manchas sospechosas en lugares similares, todas embolsadas de la misma manera y en sus etiquetas los nombres de gente VIP de lo más variopinta: ex ministros, ex alcaldes, algunos que no eran todavía ex, presentadores de informativos, propietarios de hoteles, restaurantes y cadenas de televisión, entre otros. Esparza recordaba a todos ellos felizmente casados y con una buena reputación (a excepción, claro está, de los políticos y de un par de finalistas de ediciones anteriores de Gran Hermano). Pero uno de los nombres allí rotulados le causó una mayor sorpresa.

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—Maldita zorra —chilló meneando la cabeza con indignación y media sonrisa.

Había comprendido muchas cosas en apenas dos segundos. Una, que el chantaje por sexo era un deporte que practicaba Clarisse con demasiada frecuencia. Dos, que toda esa gente seguro le había pagado varias veces el precio acordado pero ella mantenía las pruebas del delito intactas para poder seguir con su extorsión. Tres, que uno de los chantajeados era el propio Marcelo Malatesta, quedando éste no ya como abusador sino como abusado por la despiadada y perversa mente de su secretaria, que apenas unas horas atrás se le había declarado a Esparza como una dolida víctima sexual. Y cuatro, aprendió que lo mejor en esas circunstancias era pasar del Plan A, discreto pero soso, al Plan B, que era lo que realmente le pedía el cuerpo y también se lo pedían los dieciséis nombres etiquetados en esas perchas. ¡Venganza!, clamaban todos al unísono.

Abrió su mochila y sacó una botella de agua mineral de litro y medio, aunque su contenido no era transparente, sino amarillento-verdoso. Empapó la habitación, cama y armario sobre todo, con el líquido y le prendió fuego. De camino a la salida fue acabando de vaciar la botella (y otra que sacó después) en escaleras, sillones, cortinas y muebles, para asegurarse de que el fuego no se detuviera y consumiera toda la casa lo más rápidamente posible.

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Al salir por la puerta estaba esperándole cierto perro con cara de malas pulgas que había terminado hacía unos minutos con el filete de ternera y no parecía recordar en absoluto a quién le había dado las gracias momentos antes por el banquete.

—Maldito chucho, no me hagas perder el tiempo o te arrepentirás —le amenazó Esparza mientras rebuscaba en su mochila, pero el animalito no pareció darse por aludido.

Encontró el otro filete que había comprado en el Carrefour del centro comercial y se lo tiró.

—Venga, hora de cenar.

El doberman miró el pedazo de carne, miró a Esparza y su sonrisa, además de mostrar unos caninos imponentes y cuya banda sonora original eran unos ladridos estremecedores, venía a decir más o menos en lenguaje perruno: "Gracias, pero me lo tomaré de postre".

—Está bien —dijo Esparza sin desanimarse—, tú te lo has buscado. No digas que no te he dado una oportunidad. Paso contigo al Plan B.

Cuando sacó de la mochila el bote de laca y encendió el mechero, el chucho levantó las orejas y abrió los ojos como platos, como si hubiera visto la peli de Watchmen. Pero reaccionó tarde, pues Esparza lo roció con una llamarada que le encendió la cabeza y el lomo antes de que pudiera escapar. El can salió corriendo como jamás había corrido en su vida en dirección a la piscina, dejando tras de sí una estela luminosa y desapareciendo de la vista de Esparza mientras chillaba como un gorrino en el matadero.

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El capitán del CSIC trepó por el muro y antes de salir dejó caer un algo dentro de la propiedad de "La Borrascosa". Era una percha embolsada con una blusa de seda negra, con ciertas pruebas de ADN impregnadas y con una etiqueta que rezaba:

"Marcelo Malatesta - Seguros Mediterranean"

—Para que veas que no soy tan rencoroso, Clarisse —dijo en voz alta, como si ella pudiera oírle. De fondo, un chalet en llamas que parecía la falla de Na Jordana no parecía estar muy de acuerdo con estas palabras—, te dejo aquí una buena baza. Si sabes jugarla podrás sacar tajada. —Luego hizo una pausa y añadió—. Y a ti, Marcelo, que te jodan.

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“El misterio de la oficina caoba” y la portada del presente libro son obra de Víctor Martínez Martí y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/.
By Víctor Martínez Martí @endegal Starring Joe Esparza @esparzacsic Léelo directamente desde tu Kindle